sábado, 5 de julio de 2014

LA MASACRE DE SAN PATRICIO



4 DE JULIO DE 1976


LA MASACRE DE SAN PATRICIO





“Es hora de que la Iglesia de Cristo en la Argentina discierna a nivel nacional nuestra misión y no guarde silencio ante hechos graves que se vienen sucediendo”.

Monseñor Enrique Ángel Angelelli

Obispo de La Rioja - Abril de 1976

(Asesinado el 4/8/76)




Se conoce como “Masacre de San Patricio” o “Masacre de los curas palotinos”, el asesinato de tres sacerdotes y dos seminaristas de aquella orden en la madrugada del 4 de julio de 1976. Sucedió en la Parroquia de San Patricio del barrio de Belgrano, a poco de instalarse en el país la sangrienta dictadura cívico-militar encabezada por Videla-Massera-Agosti-Martínez de Hoz.

El crimen nunca fue esclarecido, ni la iglesia se declaró querellante, aunque la inculpación recae sobre un grupo de tareas de la Marina conducido por el represor Antonio Pernías (a) "Trueno", "Rata" o "Martín", hijo de un oficial superior de la Fuerza Aérea.





LA IGLESIA: ¿INACCIÓN, TEMOR O COMPLACENCIA?








Por aquella época, la Iglesia se dividía en dos fracciones antagónicas irreconciliables, de ideas diametralmente opuestas. La jerarquía eclesiástica, encabezada por el presbítero Juan Carlos Aramburu y el nuncio apostólico Pio Laghi por un lado, y por el otro los llamados sacerdotes tercermundistas (MSTM), que respondían a los ideales del Concilio Vaticano II (época de Juan XXIII) y a la Conferencia de Medellín, Colombia, de 1968. Mientras los primeros se adaptaron a la línea ortodoxa de la iglesia, alineada con los poderes fácticos de dominación, los sacerdotes tercermundistas adoptaron la “Teología de la Liberación”, corriente nacida en aquellos preceptos. Algunos de sus representantes más destacados fueron los sacerdotes Gustavo Gutiérrez Merino (peruano), Leonardo Boff (brasileño), Jon Sobrino (español), Camilo Torres Restrepo (colombiano), Pablo Richard (chileno), Manuel Pérez Martínez (español), Juan Luis Segundo (uruguayo) y Gaspar García Laviana (español).

Difundían el evangelio de Cristo en las villas y los sectores más humildes de la sociedad. Los derechos del pobre son derechos de Dios (Éxodo 22:21-23, Proverbios 14:31;17:5) porque él ha elegido a los pobres (Santiago 2:5) y por tanto es él quien ha hecho la opción preferencial por los pobres para salvar a todos. Jesucristo se identificó con los pobres (Mateo 5:3) y claramente dijo que quien se relaciona con el pobre, con él mismo trata y a él mismo acepta o rechaza, a tal punto que esa relación será el criterio principal del Juicio Final (Mateo 25:31-46).

Este enfrentamiento, que se dio en toda la sociedad, llega al máximo con la instauración de la dictadura, la que no hará diferencias entre laicos y católicos para aplicar su plan sistemático de exterminio a quienes se opongan.

Según las estadísticas del Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos, e informes de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), creada por el presidente Raúl Alfonsín en 1983, durante los años de la dictadura fueron asesinados en el país 18 sacerdotes, 10 seminaristas, dos monjas francesas y 39 laicos ligados a la iglesia. Además estuvieron presos en cárceles clandestinas otros 30 sacerdotes, afortunadamente liberados.

Ya antes, durante el interinato de Estela Martínez de Perón, fue asesinado por la Triple A el sacerdote villero Carlos Mugica, el 11 de marzo de 1974.

Los asesinatos más difundidos fueron los del obispo de La Rioja Monseñor Enrique Angelelli, el 4 de agosto de 1976, hecho pasar por un accidente automovilístico, mientras portaba pruebas sobre el secuestro y muerte días antes (18 de julio) del cura franciscano Carlos de Dios Murias y del sacerdote francés Gabriel Lonqueville. El 11 de julio de 1977 fue el turno del obispo de San Nicolás de los Arroyos, también en un supuesto accidente, y en diciembre del mismo año, en la Parroquia de La Santa Cruz (San Cristóbal), el de las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet, que fueron secuestradas y asesinadas.

Para el afianzamiento en el poder de la junta militar era indispensable además de instalar el miedo, llevar adelante una acción psicológica difundida por los medios, y la complicidad o el silencio de parte de la sociedad civil, más la necesaria participación de la jerarquía eclesiástica, como cómplice silencioso, enmascarando los crímenes que bien sabía que se estaban cometiendo.



LOS PALOTINOS Y LA MASACRE



No era la congregación palotina la más comprometida con los sacerdotes tercermundistas. Sin embargo existía entre ellos una pequeña fracción que adhería a aquellos principios, que fue el caso de los de la parroquia de la calle Estomba 1942, en plena vecindad de sectores acomodados de Belgrano, donde se sucederían los aberrantes hechos.

Todo comienza hacia la medianoche del día 3 de junio, cuando se estacionan en las cercanías del templo dos autos con personas sospechosas en su interior. Luego se supo que desde una esquina vecina vieron que estos individuos portaban armas largas.

En una de las esquinas vivía casualmente el interventor militar de la provincia de Neuquén, general José Martínez Waldner, con su hijo Julio, que se encontraba en la vereda junto al hermano de Mariano Pinasco (sacerdote palotino que en la actualidad reside en México y que vino al país para declarar en la causa).

JulioWaldner piensa según el relato de Pinascoque se la iban a dar a su padre, así que fue a la comisaría cercana. El patrullero que despacharon desde allí identificó a los dos autos y después le dijo a los muchachos: “quédense quietos, no se muevan porque van a bajar a unos zurdos. Quédense adentro”.




Nunca imaginaron éstos, pese al léxico policial, la gravedad del asunto del que se enterarían a la mañana siguiente. Del relato se desprende que se había declarado el lugar como “zona liberada”, tal como era de práctica en todas las acciones de los grupos de tareas militares.

Pasadas las 8 de la mañana siguiente, se fueron congregando en las puertas del templo cerradas, los vecinos que normalmente acudían a misa. También llegó el organista, a quien le extrañó la situación anormal. Ingresó al templo desde una casa vecina y encontró el desolador cuadro en el salón del primer piso. Los cinco religiosos muertos, maniatados boca abajo con los brazos en la espalda, ensangrentados y con signos de haber recibido además una golpiza.

En la acción se habrían utilizado armas con silenciador, ya que los vecinos no escucharon nada. Algunos de los acribillados llegaban a tener más de 60 balas en su cuerpo.

Se trataba de ALFREDO LEADEN, sacerdote, nacido el 23 de mayo de 1919 en Buenos Aires; ALFREDO JOSÉ KELLY, sacerdote, nacido el 5 de mayo de 1933 en Suipacha, Buenos Aires; PEDRO EDUARDO DUFAU, sacerdote, nacido el 13 de octubre de 1908 en Mercedes, Buenos Aires; SALVADOR BARBEITO DOVAL, seminarista, nacido el 01/09/51 en Pontevedra, España y EMILIO JOSÉ BARLETTI, seminarista, nacido el 22/11/52 en San Antonio de Areco, Buenos Aires.

Sobre uno de los cuerpos habían colocado un dibujo de Mafalda, aquel famoso “del bastoncito para abollar ideologías”. Además habían escrito: “Por los camaradas dinamitados en Seguridad Federal. Venceremos. Viva la patria” y “Estos zurdos murieron por ser adoctrinadores de mentes vírgenes y son del MSTM” (por Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo).

De la parroquia desaparecieron objetos y papeles importantes.

El caso originó un revuelo nacional e internacional, y en un primer momento la dictadura intentó responsabilizar a “elementos subversivos”, aunque luego atribuyeron el crimen a “grupos militares fuera de control”.

Al día siguiente, Pío Laghi reconoció en diálogo con la Embajada de Estados Unidosque los autores habían sido agentes de seguridad “sin ordenes de oficiales superiores”, pero nunca investigaron ni identificaron quiénes fueron esos agentes.

La Conferencia Episcopal remitió una tibia nota a la Junta, sin exigir con energía una exhaustiva investigación. Tampoco aportó los elementos de prueba que había recolectado la curia, por el contrario, como ocurrirá un mes después en el caso Angelelli, guardó una silenciosa reserva y mantuvo un sospechoso perfil bajo.



LA INVESTIGACIÓN



El crimen de los palotinos nunca obtuvo justicia. Se abrió una causa durante la dictadura que encabezó el juez Guillermo Rivarola, la que quedó en la nada. En 1983, un nuevo juez federal, Néstor Blondi, reabrió el caso con pruebas recopiladas por el periodista Eduardo Kimel en su investigación La masacre de San Patricio.

El primer elemento fuerte fue que un marino de baja graduación, Miguel Angel Balbi, se presentó en el juzgado de Blondi y manifestó que un compañero de armas, de nombre Claudio Vallejos, le había confesado que él manejó uno de los coches en el operativo, mientras otros compañeros de armas entraban. Dio los nombres de Antonio Pernías como quien dirigió todo, del teniente de Fragata Aristegui y del suboficial Cubalo.

Otro elemento fue la declaración que hizo Graciela Daleo, sobreviviente de la ESMA, al contar que Antonio Pernías se jactaba de haber matado a los palotinos. Pero la investigación no avanzaría. Vallejos, el chofer, no pudo ser ubicado por la Justicia (se fugó a Brasil). Llamado a declarar, Pernías negó cualquier relación con el caso. En la actualidad, el juez federal Sergio Torres quien, en un desprendimiento de la denominada Causa ESMA investiga el homicidio de los padres palotinos, tomó declaración a nuevos testigos en la causa, y es de esperar que se llegue finalmente a esclarecer el crimen.



EDUARDO KIMEL, AUTOR DEL LIBRO LA MASACRE DE SAN PATRICIO

Es uno de uno de los casos de censura más conocidos y absurdos del continente. Eduardo Kimel fue el único condenado por escribir e investigar la masacre de los curas palotinos. En 1995, la jueza Angela Braidot condenó a Kimel a un año de prisión en suspenso y al pago de 20.000 dólares de indemnización a Rivarola. En noviembre de 1996, la Cámara de Apelaciones anuló el fallo y absolvió al periodista, pero en diciembre de 1998, la Corte Suprema aceptó un recurso de Rivarola, revocó el fallo anterior y lo devolvió a la Cámara para que dictara otra sentencia, que finalmente confirmó la pena impuesta. Esa situación motivó la intervención de la Corte Interamericana de Derechos Humanos y el posterior fallo de Casación. El CELS hizo hincapié en que los años que pasaron desde lo dictaminado por la Corte “ponen de manifiesto las deficiencias del Estado para dar cumplimiento al fallo en su totalidad”.

CINE: TITULO ORIGINAL: 4 DE JULIO, LA MASACRE DE SAN PATRICIO.

DOCUMENTAL ESTRENADO EL 3 DE JULIO DE 2000



En estos últimos años --relata el crítico Hugo Zapata--, se han visto muchos documentales sobre la dictadura militar, la gran mayoría de ellos no resultaron ser más que panfletos políticos, con una pobre producción periodística.
4 de julio, la Masacre de San Patricio es un muy buen film de Juan Pablo Young y Pablo Zubizarreta que retrata aquella terrible historia, casi nunca tocada en los medios. Existe muchísima gente que desconoce este hecho o ya no lo recuerda.
Para ser honesto, yo no estaba al tanto de los detalles del caso, aunque sabía de él, pero el film me sorprendió por la cantidad de información que brinda en tan solo 98 minutos. El documental está muy bien hecho. Comienza con la historia de la Iglesia y los curas palotinos, luego nos presenta a las víctimas y a su sangriento crimen.



 Miguel Eugenio Germino




Fuentes





ueblonomeolvides.blogspot.com.ar/2012/07/4-de-julio-de-1976-masacre-de-san.html

http://www.nacionalypopular.com/index.php?option=com_content&task=view&id=12210#_LA_IGLESIA,_C%C3%93MPLICE






DANIEL MARCOVE




  “Viva el teatro”



Nació el 27 de septiembre de 1956. Su infancia transcurrió en Floresta, Villa Urquiza, Mataderos y Centro. Cursó sus estudios secundarios en el Colegio Nacional Buenos Aires, luego pasó por la Facultad de Filosofía y Letras.

ENTREVISTA:
Daniel ¿cuándo sintió que la llama del teatro ardía en su persona?
–De niño la familia me llevaba al teatro Mitre (Villa Crespo). Yo solía observar que ellos, actuando y cantando con su magia, encendían la alegría y el optimismo del público. Mi primer recuerdo fuerte de la “escena nacional” lo tengo del recientemente fallecido Alfredo Alcón, ¡un grande!
–¿Cómo se insertó en este mundo fantástico del arte escénico?
–Como al salir de mi empleo quise hacer un curso de lo que siempre me atraía, me acerqué a la Sala Estudio dirigida por Hedi Crilla y Agustín Alezzo. A la semana de estar con ellos me invitaron a participar en Despertar en primavera. Para mí fue un regalo del cielo, justo el 26/9/76, cuando yo cumplía mis 20 años. A partir de allí continué estudiando y trabajando, en títulos clásicos como La muerte de un viajante con Alfonso de Grazia y Catalina Speroni, Recordando con ira, Stefano, Arriba corazón, Años difíciles con Ulises Dumont, Cipe Lincovsky y María Rosa Gallo, Volvió una noche con Mabel Manzotti, Max Berliner y Sara Solnic, en Buenos Aires.
–¿Me haría un listado con algunos títulos bajo su dirección?
Crema rusa (de Enrique Pinti), Viejos conocidos (en el Teatro San Martín), El puente (Teatro Cervantes), Abue, doble historia de amor (Teatro del Pueblo), El saludador (con María Cristina Laurenz y Hugo Arana, Teatro San Martín). También hice giras con la compañía en Italia, Suecia y Alemania. Representando al Teatro Nacional Cervantes nos presentamos en el interior de nuestro país y en el Uruguay. Ccomo director anduve por Centroamérica. Desde hace mucho tiempo hago docencia.
–¿Recibió nominaciones, estímulos y premios?
–Tres nominaciones para el Molière. Como director obtuve “ACE”, “María Guerrero”, “Florencio Sánchez”, “Pepino el 88”.
–Si mañana fuera el fin del mundo ¿en qué invertiría el día de hoy?
–En reunir a mis seres queridos en un escenario, uniendo realidad y ficción con mi afecto.
–¿Quiere nombrar dos seres que incluyen ese afecto?
–Mis hijos Juliana y Lautaro.
–¿Qué mensaje le gustaría ofrecer en estos tiempos?
–Que la humanidad pueda volver a rescatar los valores esenciales que en este mundo post-moderno tienden desaparecer.
-Natan, me encantó participar en su entrevista, le agradezco y lo felicito por su inquietud y dedicación.

Volvió una noche, puesta en Nueva York del argentino Eduardo Rovner. tres premios “Hola” y 8 nominaciones a los ACE de Nueva York, acrecentó la respuesta del público. Se pudo mostrar el excelente nivel del Teatro Off Argentino en el Teatro Español de Nueva York, de los más importantes Off Broadway. Iban por cinco semanas, pero contrataron los derechos por cinco temporadas más. En el rol del hijo atormentado, Daniel Marcove volvió a la actuación. Luego de años de dirección, dijo Daniel: “Para mí es una doble gratificación por los premios (Hola y Nominación al Visitante) y porque actuar me da una profunda alegría. Los condimentos humorísticos y emotivos pegan muy bien”. En Buenos Aires también fue muy bien recibida. La madre fue primero Mabel Manzotti y en la segunda versión Norma Pons, muy bien interpretadas, fallecen en la ficción y luego en la realidad prematuramente.
En Tierra del Fuego recibió tres premios ACE.
 Actualmente en el Teatro El Tinglado (de Abasto) con la dirección de Daniel Marcove (actualmente otras obras en cartel) intenta ahondar un tema que lo moviliza. La obra de Mario Diament con actuación de Alejandra Darín, Carlos Argento, etc.
El eje es el conflicto de Medio Oriente y podría ser cualquiera de los conflictos armados ancestrales o actuales que padece la humanidad.
Excelentes actuaciones y la mano formidable a quien dedicamos este tributo D.M.
Desde Despertar en primavera se encuentra involucrado en continuos proyectos de excelente nivel de cultura, como director y actor se sigue superando con su talento y su temperamento activo y perseverante. Un ser portador de calidad humana, estudioso, reflexivo. Su mensaje en su vida cotidiana es “Viva el teatro”.

Natan Blum






ELECCIONES EN COLOMBIA



Colombia eligió darle una oportunidad a la paz

 


Finalizada la segunda vuelta, la reelección del presidente Santos llevó alivio no sólo a Colombia sino también a toda Latinoamérica. Si bien el actual mandatario está lejos del perfil progresista de varios de sus vecinos, a lo largo de su gestión ha intentado seriamente llegar a la paz por medio del diálogo con las farc, hecho casi revolucionario ya que ninguno de sus antecesores lo intentaron  con convicción.
La idea de terminar el proceso de paz fue la idea fuerza de la campaña de Juan Manuel Santos, pero tan loable objetivo no le significó un triunfo fácil, ni siquiera en la segunda vuelta logró sacarle una diferencia muy pronunciada a su rival Oscar Zuluaga. En Colombia, las elecciones no son obligatorias por lo que menos de la mitad de la población habilitada para votar decidió el destino de su país.
Gracias a este triunfo, las negociaciones entre el gobierno y la guerrilla colombiana seguirán su curso en La Habana. Ambas partes buscarán poner fin a una guerra interna que lleva casi 50 años. Santos no sólo inició las conversaciones sino que también impulsó leyes que buscaron reparar los daños como fueron las de víctimas y la restitución de tierras. Una postura diametralmente opuesta a la de su antecesor, Uribe, quien apoyó con toda sus fuerzas a Zuluaga. Juan Manual Santos fue ministro de Defensa de Uribe pero es considerado un traidor por no haber seguido las políticas  uribistas.
Ahora, el reelecto mandatario deberá cumplir con su promesa de cerrar el acuerdo con las farc antes de fin de año e iniciar  conversaciones con el Ejército de Liberación Nacional, que es la segunda guerrilla del país. Las miles de familias destruidas por el largo conflicto miran con esperanza este proyecto, y sus vecinos continentales miran con simpatía a un presidente que eligió fortalecer al Unasur, a diferencia de sus antecesores que sólo tenían a Estados Unidos en su radar.

Pablo Salcito







HORACIO QUIROGA



 
Cuento: Horacio Quiroga


El hombre pisó algo blanduzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yarará cusú que arrollada sobre sí misma esperaba otro ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.
El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que como relámpagos habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
—¡Dorotea! —alcanzó a lanzar en un estertor—. ¡Dame caña!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.
—¡Te pedí caña, no agua! —rugió de nuevo. ¡Dame caña!
—¡Pero es caña, Paulino! —protestó la mujer espantada.
—¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.
—Bueno; esto se pone feo —murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.
Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentóse en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú. El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito —de sangre esta vez—dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.
La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente dolorosas. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
—¡Alves! —gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.
—¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! —clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.
El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.
El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.
El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente. De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración también...
Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves...
El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
—Un jueves...
Y cesó de respirar.