jueves, 2 de octubre de 2014

PARQUE DE LA ESTACION


NUEVO ACTO POR EL PARQUE DE LA ESTACIÓN Y EL CORREDOR VERDE AL OESTE



En un día primaveral, más de 200 vecinos de Balvanera y Almagro se volvieron a dar cita el sábado 20 de septiembre en pos de un proyecto añejo –14 años–, en la concurrida esquina de Perón y  Gallo. Allí levantaron un modesto tablado exhibiendo un gran trasparente del proyecto, carteles alusivos y distribuyendo propaganda.
Participaron del mismo, la legisladora Claudia Neira (autora del proyecto de rezonificación), la ex legisladora María José Lubertino, las Comuneras: de la 3 María Suarez, y de la 5 Patricia Machado, el ex Diputado Nacional Jorge Cardelli, y el párroco de la Iglesia Del Tránsito, José María Pazos, la Comisión de Espacios Verdes de la Comuna 5, del Cesac 38 y representantes de los Consejos Consultivos de las Comunas 3 y 5.
También se hizo presente una amplia delegación de “Manzana 66 Verde y Pública”, encabezados por Alberto Aguilera, que reclaman una nueva plaza en Belgrano y Jujuy, y el director del periódico “Desde Boedo”, Mario Bellocchio.





Funcionó la ya tradicional “Parrilla de la Iglesia” y se vendieron a precios módicos tortas y gaseosas, mientras un payaso animaba a los más pequeños.
Un nuevo acto más para visibilizar nuestro proyecto, sin bajar las banderas y golpeando todas las puertas, unas abiertas, otras entornadas y algunas hasta ahora cerradas.
No bastan solo las promesas y augurios de buena voluntad, cuentan los hechos y las realidades. Pensamos que 14 años son más que suficientes para una definición en la materia. Nuestro proyecto fue entregado a legisladores, comuneros, funcionarios locales y nacionales como los más altos: Néstor Kirchner, Cristina Fernández, Aníbal Ibarra, Abal Medina, Florencio Randazzo y Juan Cabandié, entre otros, por solo nombrar algunos de los tantos a los que recurrimos y les acercamos una voluminosa carpeta del proyecto.




Parece ser que el tema ecológico y en especial en dos de los barrios más desprotegidos de “VERDE” como Balvanera y Almagro, que solo cuentan con menos de ¼ de metro cuadrado por habitante, no fue ni es una prioridad oficial en más de 14 años.
Tampoco los medios (ni los progres, ni los no progres) se hicieron eco, salvo algunos de los más modestos y otras escasas excepciones.
Queremos dejar bien en claro que continuaremos reclamando hasta que se nos enronquezca la voz, y golpeando puertas hasta que se nos llaguen los nudillos y cuando esto suceda lo haremos con los pies, hasta que las fuerzas nos acompañen, porque somos consecuentes en defender el slogan que adoptamos: “La única batalla que se pierde es la que se abandona”.

                                                                  Consejo de Redacción
                                                               Periódico Primera Página





INSTITUTO BIOLÓGICO ARGENTINO



Instituto Biológico Argentino de Avenida Rivadavia 1739/1745




Posteriormente: Instituto de Previsión Social; en 1990 ANSES; hoy Auditoría General de la Nación

Tras la inauguración de la Plaza Congreso en 1910 y del monumento a Los Dos Congresos en 1914, la zona se fue poblando de importantes edificios, como el de la Ex Caja Nacional de Ahorro Postal, sobre Hipólito Yrigoyen, en 1915, y el que aquí nos ocupa, del Instituto Biológico Argentino de Rivadavia 1739/45.
El edificio cuenta con 10 pisos. Fue proyectado por el arquitecto milanés Atilio Locati, con la idea y a petición del prestigioso médico bacteriológo italiano Silvio Dessy, para alojar allí este Instituto.
Las obras comenzaron en el año 1924 a cargo de la compañía Constructora GEOPÉ (Compañía General de Oras Públicas SA.), de capitales alemanes, responsable de otras obras trascendentales en Buenos Aires y otros lugares del país, como la Galería Güemes, el Correo Central, el Colegio Nacional  Buenos Aires, el Obelisco porteño, el estadio del club Boca Juniors, la actual sede de la avenida Las Heras de la Facultad de Ingeniería, el primer subterráneo de Buenos Aires, la rambla de hormigón armado de Necochea, ramales ferroviarios, cloacas, caminos pavimentados, plantas industriales (Loma Negra, Ferrum, Noel, Frigorífico Municipal, Gran Usina Eléctrica de Dock Sud, Super-Usina Eléctrica de Puerto Nuevo, etc.), casas particulares, edificios de vivienda colectiva, oficinas, sedes bancarias (Banco de Boston, Banco Tornquist, Banco Alemán Transatlántico y Banco Popular Argentino) y los primeros rascacielos racionalistas de Buenos Aires (edificios SAFICO y COMEGA). Entre otros encargos, GEOPÉ realizó la estructura de hormigón armado de la Confitería del Molino, el ensanche del Plaza Hotel y la construcción de 650 casas del Barrio Varela en Buenos Aires.
El edificio del Instituto fue inaugurado en el año 1927. Los tres primeros pisos se destinaron al Instituto Biológico mientras que los siete restantes se dispusieron para departamentos de renta. Cada piso se dividía en dos partes, la de mayores dimensiones era para familias acomodadas, y la otra se subdividía en cuatro, destinadas a familias de menores recursos.
En el subsuelo funcionaban las calderas, depósitos, tanques y cámaras refrigeradoras. En la planta baja se destacaban tres portones con paredes y pisos de mármol y cielorrasos decorados. Toda la carpintería era de hierro y estaba revestida con láminas de bronce. Un detalle: el ascensor es una cabina de hierro forjado, forrada en madera de roble previamente tallada. En el primer piso se hallaba la dirección y administración; en el segundo se encontraba todo lo relacionado con los gabinetes y laboratorios científicos.




La fachada del edificio está diseñada en estilo neoveneciano; la construcción se hizo a la usanza de los grandes palacios renacentistas vénetos y el elemento sobresaliente por sobre todo, es el imponente conjunto escultórico de más de cuatro toneladas de peso, con una campana de bronce y plata en la cornisa, que encierra un reloj. Aparentemente estaría inspirado en el famoso campanario de la Torre dell'Orologio, de Venecia (también llamado “Reloj de los Moros”). Esta obra de arte del Instituto fue realizada por la firma Fratelli Miroglio de Turín (Italia) e instalada en 1926. El grupo posee dos grandes figuras (cada una mide tres metros y medio) hechas en bronce y fundición de hierro y aparentan golpear la campana de dos toneladas que está sobre el reloj. El cuadrante mide dos metros y medio de diámetro, su mecanismo posee un contrapeso de 500 kg, contenido en un hueco que llega hasta el sótano del edificio. El reloj funcionó hasta 1976, fue reparado una vez, nuevamente en 1988, y siguió en marcha por más de un año. Hoy el reloj permanece en silencio, y, junto con el emblemático edificio espera pacientemente volver a lucir su antiguo esplendor.
Una mala administración llevó al Instituto a la quiebra en 1940. En 1949 el gobierno expropió el edificio. A partir de ese momento instaló allí una serie de administraciones públicas: el Instituto Nacional de Previsión Social (institución que agrupaba entonces a todas las Cajas de Jubilaciones); en la década de 1990
pasó por manos de la ANSES y la DGI, hasta que finalmente, en 1997, fue destinado a la Auditoría General de la Nación. El edificio fue declarado Monumento Histórico de la Ciudad de Buenos Aires.
Desde el año 2006 el inmueble se encuentra desocupado, mientras la Presidencia de la Nación, en colaboración con la Comisión Nacional de Museos, Monumentos y Lugares Históricos iniciaron una obra de restauración general, que fue suspendida en 2007 y retomada en 2012.
Entre sus curiosidades figura la visita de la señora Eva Perón, que por un tiempo utilizó uno de sus pisos como despacho; también el general Joäo Baptista Figueredo vivió allí, en el departamento 92 del 9º piso, a raíz del exilio de su padre.  El 18 de octubre de 1928 se instaló en el lugar Telefunken Service, con el prefijo L.S.4. Fue la antecesora de Radio Porteña (de 1930), luego llamada Continental (1969). Allí funcionó la Compañía Internacional de Radio (1929) como pionera en América latina en el servicio público de onda corta.
El Instituto Biológico Argentino nace, como ya hemos visto, a partir de una idea del doctor Silvio Dessy, médico bacteriólogo de reconocida trayectoria, quien al momento de concebirlo no contaba con muchos adherentes. Intentó sumar a su osado proyecto a muchas personas, pero se lo descartaba por considerarlo descabellado. Los médicos argentinos nunca habían recetado productos biológicos de origen nacional, y era de suponer que nunca lo harían.
Sin embargo, las aspiraciones del doctor Dessy se concretaron el 7 de enero de 1909, cuando el decreto del Superior Gobierno de la Nación autorizó la fundación de este Instituto. A pesar de la autorización debió seguir luchando contra el prejuicio de muchos y la creencia general de que aún no había llegado el momento para que la Argentina se independizara de los laboratorios biológicos extranjeros. Quien sí confió en su idea y ayudó a concretarla fue uno de sus discípulos y gran colaborador, el doctor Armando Marotta.
La nueva entidad no pudo comenzar a funcionar hasta mediados de 1911. El Laboratorio fármaco-industrial que elaboraba sueros y vacunas inició sus tareas en
Florencio Varela, en el consultorio particular del doctor Dessy. Hoy, una calle de aquella localidad lleva su nombre.
Este laboratorio tuvo la distinción de ser el primero de su especie en la Argentina. Eligieron la localidad de Florencio Varela por encontrarse a mitad de camino entre la Capital y la ciudad de La Plata, lugares donde los contactos eran más fluidos y los vínculos científicos más estrechos.
Optaron por un terreno de seis hectáreas, y convinieron con el dueño un precio de ocho mil pesos, a pagar en parte con acciones del Instituto. Las instalaciones se hicieron sobre la base de los planos trazados por el mismo Dessy con la ayuda de los ingenieros Landi y Ballerini (más tarde Landi sería el administrador del Instituto). El equipamiento se obtuvo en base a la confianza que en la época se depositaba en la ciencia, gracias a lo cual se consiguió la financiación necesaria, a cambio sólo de la palabra.
El primer Directorio estableció como postulado que el Instituto Biológico Argentino difundiese el nombre de la República Argentina en América y en Europa; la investigación y la divulgación científica eran su carta fundamental. Al principio atravesó grandes restricciones, ya que apenas se alcanzaban a cubrir los gastos, pero al poco tiempo el sueño fue tomando forma. Así comenzó un proceso de gran expansión, en particular a partir del éxito comercial de productos como la Tuberculina, el matamoscas Fu-Fu, las Sales de Epecuén y el Pan Biol. A partir de este éxito, se hizo necesario alquilar un petit hotel en Avenida de Mayo al 1200 para la sección Ventas y Administración del Instituto.
Desde entonces hubo un crecimiento permanente, y en poco tiempo llegó a ser un laboratorio bien conocido por hombres de ciencias del país y del extranjero. De hecho, en 1922 el Instituto ya tenía representantes en las principales ciudades del país, como así también en toda América latina y en Europa.
Corría el año 1923 cuando se anunció en un periódico local de Florencio Varela que “el Instituto Biológico Argentino adquirió un terreno de 1100 varas cuadradas en la calle Rivadavia al 1700, casi esquina Callao, en el que levantará una importante construcción de estilo moderno, de diez pisos de alto, en la que se invertirá cerca de un millón y medio de pesos”.
Las obras de la calle Rivadavia se iniciaron en 1924 y continuaron por casi tres años. Finalmente, el 3 de agosto de 1927 se inaugura, con gran apoyatura científica, política e internacional, la nueva sede del Instituto Biológico Argentino. Concurrieron al acto el ministro del Interior, doctor José Tamborini; el embajador de Italia, señor Martín Franklin; el presidente del Departamento Nacional de Higiene, doctor Gregorio Aráoz Alfaro, y reconocidas personalidades del mundo científico.
Lamentablemente, cuenta el doctor Dessy en Mi vida en América, el peso de los años torció el destino del Instituto, víctima de la mala administración (que no estaba a su cargo, pues siempre había sido Director Científico). Para los años 40 la situación se volvió preocupante; los balances mostraban que el Instituto iba barranca abajo. Dessy planteó la necesidad de reinvertir los dividendos, propuesta que no tuvo consenso alguno entre quienes se habían acostumbrado a exprimir la institución. Como último recurso se organizó un sindicato de accionistas, con el fin de cambiar el carácter científico del directorio a uno de composición más comercial y administrativo. El doctor Dessy confíó la presidencia del sindicato al doctor Marotta, hasta ese entonces su hombre leal, con quien había compartido la idea romántica de la ciencia. Indudablemente esta decisión fue letal para el Instituto porque, según explica Dessy en su libro, Marotta le dio una orientación exclusivamente comercial.
En un principio Dessy quedará encargado de una de las publicaciones de la institución, la Revista Sudamericana de Endocrinología, cargo que pasó en poco tiempo a ser sólo una formalidad. En 1944, el fundador e ideólogo del Instituto Biológico Argentino se aleja de su obra para siempre.
Se desconoce la suerte del edificio en los años inmediatamente siguientes, lo concreto es que en 1949 pasó a manos del Instituto Nacional de Previsión Social, y el Instituto entonces mudó sus oficinas a la calle Uriburu.
Hoy el Instituto Biológico Argentino sigue abierto en esta última sede. Los laboratorios de Florencio Varela, Biol (tal el nombre comercial que utilizan) están a cargo de la familia López, que adquirió la institución décadas atrás.

Miguel Eugenio Germino

Fuentes:
http://www.elarcadigital.com.ar/modules/textos/texto.php?id=175 Eduardo Parise, Clarin 27 de junio de 2011
http://www.acciontv.com.ar/soca/bsas/fotos1/biologico.htm
https://www.google.com.ar/?gws_rd=cr#q=Cupula+del+Instituto+Biol%C3%B3gico+argentino
http://ar.ask.com/wiki/Edificio_Instituto_Biol%C3%B3gico_Argentino?lang=es




ABELARDO CASTILLO



Abelardo Castillo: “El escritor o el artista miente para decir la verdad”





En una gélida tarde de agosto, él mismo nos abre la puerta de su casa de Balvanera con una sonrisa. Estamos frente a Abelardo Castillo, el celebrado escritor de 79 años, autor de clásicos como Las otras puertas, Cuentos crueles, Israfel, El que tiene sed y Crónica de un iniciado. Nacido en Buenos Aires en 1935, al poco tiempo se trasladó con su familia a San Pedro, donde transcurrieron su infancia y adolescencia. A partir de los diez años se “entregó o pudo entregarse al hábito de leer y pensar”, camino que marcaría su vida y del que jamás se apartaría. Sus ganas de escribir surgieron cuando terminaba el secundario.

“Un día decidí que mi destino era la literatura y que cualquier otra cosa que hiciera entorpecía ese destino o esa vocación. Hice todo lo posible para vivir de acuerdo a esa convicción profunda que era lo que yo quería: ser escritor y, además, ya estaba escribiendo. Puse en el centro de mi vida la literatura y todo lo demás estaba referido a eso. Al recibir el premio de Gaceta Literaria (por la obra de teatro El otro Judas en 1961), sentí que ‘entonces tengo razón, lo que escribo sirve o por lo menos a alguien le gusta’ y así me decidí a escribir”, expresa con firmeza.

No sabe si su obra se inscribe en alguna corriente pero rescata a Borges, Arlt y Marechal como sus “padrinos espirituales”. Su consagración llegó de la mano del libro de cuentos Las otras puertas, con el cual obtuvo el Premio Casa de las Américas en 1961.

Otro de sus trabajos paradigmáticos es la obra de teatro Israfel, un crudo retrato de la vida de Edgar Allan Poe que le valió el Primer Premio de Escritores Contemporáneos de la UNESCO en 1963. Tiempo después la pieza se montó en el Teatro Argentino –bajo la dirección de Inda Ledesma y el papel central a cargo de Alfredo Alcón–, con gran suceso.





Castillo fue fundador de revistas literarias emblemáticas como El grillo de papel, de la cual se editaron sólo seis números ya que fue prohibida en 1960 durante el gobierno de Frondizi por su adhesión a la Revolución Cubana. “Después de prohibida la revista, un día llega a la casa de Arnoldo Liberman –el otro director de la publicación– un señor a comprar la colección completa. Ese señor era el secretario de Frondizi”, declara risueño. Luego, crearía otras dos notables revistas como El escarabajo de oro, que salió de 1961 a 1974, y El ornitorrinco, de 1976 a 1985, que se convertiría en una insignia de la resistencia cultural durante la dictadura. “A la gente siempre le llama la atención que haya salido El ornitorrinco durante el Proceso y es no tener en cuenta algo. Bajo la ocupación alemana en Francia, es decir, bajo el ejército nazi, seguían saliendo revistas. Sartre montaba su obra de teatro Las moscas, que era un canto a la libertad, existían publicaciones clandestinas, publicaba Camus. Las resistencias políticas y culturales se hacen de adentro. ¿O acá no estaban las Madres de Plaza de Mayo? ¿O no se hizo Teatro Abierto? Si decidís ser libre, tendrás problemas. Yo decidí ser libre junto con la gente que sacaba la revista. A veces la retiraban de los kioscos, nos amenazaban o venía la policía a mi casa pero a mí no me atemorizaba eso y la seguía haciendo”, explica con énfasis.

Su primera novela, escrita en 1985, El que tiene sed, constituye una verdadera joya. Es un relato estremecedor acerca de sus largos años de adicción al alcoholismo. Al respecto, revela: “Este libro no surgió como idea, surgió como necesidad. Yo lo empecé a escribir incluso cuando bebía. Creo que lo que me mantenía lúcido y vivo en esa época era sentir que con eso que estaba pasando –que para mí era una especie de infierno– algún día iba a hacer algo. Efectivamente, dejé de beber y mucho tiempo después empecé a escribir como necesidad catártica de algo que ya había pasado pero que todavía estaba dentro de mí”.

Hace cuatro meses se publicaron sus Diarios 1954-1991, una de las novedades editoriales del año, donde habla de su vocación por la literatura, el éxito de Israfel, su pasión por la música y el ajedrez, sus encuentros con Marechal, Sabato, Cortázar, su disputa con David Viñas. Decidió darlos a conocer por sugerencia de Sylvia Iparraguirre –su mujer, también escritora, con quien está unido desde hace 45 años– y los editores de Alfaguara: “Los diarios los comencé a escribir a los 18 años. Yo los llevaba como cuadernos donde iba apuntando ideas, bocetos de cuentos, obras de teatro o novelas; escribía sobre cosas personales, cosas que me ocurrían. Todavía dudo de que sean publicables. Me convencieron de que podían serles útil a escritores jóvenes por la cantidad de entradas que hay respecto de mi obra literaria, de cómo se escribe un cuento o una obra de teatro”.

Castillo va más allá de la definición clásica de “literatura”. Avanza en una reflexión controvertida pero iluminada y sagaz, que deja pensando: “La gran literatura siempre fue una ruptura de las convenciones. Está reñida con la moral o la ley: en ese sentido, es una especie de delincuencia. Toda literatura y toda obra de arte implican transgresión. La ficción es una forma de la mentira. Por omisión o porque deliberadamente falsea las cuestiones que nos está contando, un escritor miente. El mal periodismo miente por maldad; en cambio, el escritor o el artista miente para decir la verdad. Debajo de esa mentira, siempre hay una verdad”. 


                                                                                         Laura Brosio