jueves, 1 de agosto de 2019

DIANA MAGGI - ADULTOS MAYORES






JUAN CARLOS DUAL






ISABEL SARLI






PRIMERA PAGINA REGALA LIBROS







CUENTO DE BUCAY: EL BUSCADOR


EL BUSCADOR - CUENTO



Ésta es la historia de un hombre al que yo definiría como buscador. Un buscador es alguien que busca. No necesariamente es alguien que encuentra. Tampoco es alguien que sabe lo que está buscando. Es simplemente alguien para quien su vida es una búsqueda.
Un día nuestro Buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de Kammir. Él había aprendido a hacer caso riguroso a esas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo, así que dejó todo y partió. Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos, divisó Kammir a lo lejos, pero un poco antes de llegar al pueblo, una colina a la derecha del sendero le llamó la atención. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores encantadoras. Estaba rodeaba por completo por una especie de valla pequeña de madera lustrada y una portezuela de bronce lo invitaba a entrar. De pronto sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en ese lugar.
El Buscador traspasó el portal y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como por azar entre los árboles. Dejó que sus ojos, que eran los de un buscador, pasearan por el lugar… y quizá por eso descubrió, sobre una de las piedras, aquella inscripción: “Abedul Tare, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días”. Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que esa piedra no era simplemente una piedra. Era una lápida, y sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en ese lugar.
Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado también tenía una inscripción. Al acercarse a leerla, descifró: “Lamar Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas”. El buscador se sintió terriblemente conmocionado. Este hermoso lugar era un cementerio y cada piedra una lápida. Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto, pero lo que lo contactó con el espanto, fue comprobar que, el que más tiempo había vivido, apenas sobrepasaba 11 años. Embargado por un dolor terrible, se sentó y se puso a llorar.
El cuidador del cementerio pasaba por ahí y se acercó, lo miró llorar por un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.
–No, ningún familiar –dijo el buscador–, pero… ¿qué pasa con este pueblo? ¿Qué cosa tan terrible hay en esta ciudad? ¿Por qué tantos niños muertos enterrados en este lugar? ¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que lo ha obligado a construir un cementerio de niños?
El anciano cuidador sonrió y dijo:
–“Puede usted serenarse, no hay tal maldición, lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré… Cuando un joven cumple quince años, sus padres le regalan una libreta, como ésta que tengo aquí, colgando del cuello y es tradición entre nosotros que, a partir de entonces, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abra la libreta y anote en ella: a la izquierda, qué fue lo disfrutado, a la derecha, cuánto tiempo duró ese gozo. ¿Conoció a su novia y se enamoró de ella? ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla? ¿Una semana, dos? ¿Tres semanas y media? ¿Y después?, la emoción del primer beso, ¿cuánto duró? ¿El minuto y medio del beso? ¿Dos días? ¿Una semana?
¿Y el embarazo o el nacimiento del primer hijo? ¿Y el casamiento de los amigos? ¿Y el viaje más deseado? ¿Y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano? ¿Cuánto duró el disfrutar de estas situaciones?, ¿horas?, ¿días?
Así vamos anotando en la libreta cada momento, cada gozo, cada sentimiento pleno e intenso… Y cuando alguien se muere, es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado, para escribirlo sobre su tumba. Porque ése es, para nosotros, el único y verdadero tiempo vivido.

                                                       Jorge Bucay






Avanzan las leyes anti populares en el Mercosur


 
EL MERCOSUR BOLSONARIZADO


De la mano de los dos países más grandes del pacto sudamericano, las leyes previsionales y laborales quedaron en medio de una fuerte ofensiva para ser modificadas a favor de los empresarios, lo que significa que los trabajadores quedarán en clara desventaja frente a un avance neoliberal que elimina derechos adquiridos hace décadas.
No es casual el apoyo explícito de Bolsonaro a su par argentino y la obvia retribución de Mauricio Macri. Ambos mandatarios reportan al Fondo Monetario Internacional, que se instaló nuevamente en nuestras comarcas para depredar los derechos de los trabajadores.
Es así, que casi en simultáneo, avanzan leyes que limitarán y, algunos casos, eliminarán derechos adquiridos. En el país carioca, el gobierno está por anotarse su primer triunfo, con la aprobación de la nueva ley previsional. La nueva norma eleva la edad jubilatoria mínima y también los años de aportes. Los economistas del gobierno creen que esto les permitirá ahorrar 300 mil millones de dólares en diez años. El propio Bolsonaro admitió que para lograr la cantidad de votos necesaria, hizo un claro reparto de dinero para convencer a los legisladores “remisos” a levantar la mano.
En la Argentina, si bien la etapa electoral impide la sanción de normas polémicas, los propios empresarios macristas han logrado instalar en la agenda mediática la supuesta necesidad de reformar las leyes laborales para que sea mucho más sencillo, y barato, despedir a los trabajadores. Un globo de ensayo que si bien provocará resistencias, puede ser negociado con los sindicalistas complacientes, con más posibilidades de aprobarse si Mauricio Macri logra su reelección.
El escenario está planteado sin disimulo y los gobiernos confían en sus recursos para consolidar el avance neoliberal de este último lustro. Un período que será recordado por los trabajadores por el retroceso en las leyes que ampararon sus derechos.
                                            Pablo Salcito





ERNESTO FAMA



Ernesto Famá

18 agosto 1908 - 19 julio 1984

Nació en la zona del Spinetto, Balvanera, su voz nos dejó más de trescientas grabaciones y se lo puede considerar un estribillista por antonomasia.
Comenzó en teatro, después cantó con Osvaldo Fresedo y, brevemente, con Carlos Di Sarli. La unión con Francisco Canaro, que le deparó giras, radio y obras teatrales que duraban un año, hicieron posible su ascenso a la fama.
No obstante la cantidad de grabaciones, su trayectoria fue corta –apenas catorce años en el quehacer artístico–, a los treinta y cinco años ya estaba retirado del espectáculo.
 “A comienzos de 1928, viajé a París con Osvaldo Fresedo. En realidad tenía que ir Sofía Bozán, pero a último momento no pudo y viajé yo. En Buenos Aires, con Fresedo, no actué en público, sólo hice grabaciones para el sello Odeon. En cambio, en París, inauguramos el cabaret Nouvelle Garrón, en la rue Fontaine, en Montmartre. En seguida visitamos a Gardel, que se había presentado en el cabaret Florida, que estaba abajo del casino de París”.
Lo ayudó mucho Gerardo Matos Rodríguez, con el que ensayós dos tangos suyos Botija linda y Margarita Punzó.
Trabajó en comedias musicales con buena permanencia en cartel. La muchachada del centro (1932), La canción de los barrios (1934) y Rascacielos (1935), en las que interpretó, entre otras piezas: El tango de la mula, Te quiero, Toda mi vida y El Tigre Millán.
Y también intervino en varias películas, generalmente como parte de las actuaciones musicales y realizó una de sus apariciones más recordadas en Loco lindo (1936). También fue autor y compositor de algunos temas, junto con Luis César Amadori, Antonio Botta, Enrique Dizeo y otros.