martes, 2 de agosto de 2011

ABALLAY, EL HOMBRE SIN MIEDO


Una película épica o quizás un western gauchesco, un antiguo propósito del director Fernando Spiner, que aquí afina su puntería.

Es típica del western, la diligencia que sufre los asaltos de bandidos en busca de oro. También el degüello y la tortura, que consistía ─en esa rica geografía─ en estaquear al rayo del sol al enemigo, elemento que recuerda viejas pero eficaces películas argentinas que cuentan guerras internas. Pero aquí sin importar el sexo y la condición, sin anestesia.

Sabiendo que el western con sus características ha ido desapareciendo y que aquí tampoco existe “un héroe sin tacha, cabal y reconocible, defensor de los valores de la comunidad”, como se definía a dicho género en un comienzo.

Esta vez se trata simplemente de ejecutar una venganza. El hijo sobreviviente de una masacre sabe que tendrá que pagarlo caro y sabe que, después de cumplir su cometido, no podrá ser feliz jamás.

Hay dos hombres en la diligencia, que trafican con el oro. Va con ellos un niño de edad escolar, hijo de uno de los hombres. Casi nada se sabe de estos personajes que van cantando durante el trayecto, mientras, desde el campo abierto vienen bajando la loma los jinetes que ya han dado pauta de su ferocidad en la primera escena del film. En ella se mostró una riña de gallos donde se definía borgeanamente a quién le correspondía el poder, y se dejaba sentado después del degüello del gallo ganador, quién era el jefe allí. Resultó ser el peor de todos, o sea, Aballay. El otro gallero se repliega... por el momento. Reservará su prepotencia para otras ocasiones.

Por ahora Aballay encabezará el asalto a la diligencia y en feroz acto asesinará al padre del niño. El pequeño está escondido dentro de un arcón, desde donde presencia la escena. Sólo se ven sus ojos que reflejan angustia y terror. Una mirada que determinará las acciones de Aballay de aquí en más.

Un sacerdote le hablará de los “estilitas”, o sea los que purgan sus pecados alejándose de la tierra, a la que no volverán a pisar jamás. Aballay desde entonces no se apeará de su caballo.

Pasará una década y volverá el hijo a ejecutar su venganza, contra todos, uno por uno. Va a intensificarse la peripecia y no conviene abundar demasiado en ello.

El argumento se basa en un cuento del escritor argentino Antonio Di Benedetto, que fuera torturado por la última dictadura militar. Fue escrito durante esa detención, conviene acotarlo.

Un importante cambio le impone Spiner a la médula del cuento: deja que el personaje del joven ejecutor de la venganza ─Nazareno Casero─ se torne protagónico y que Aballay asuma la culpa: aquel que no soporta la mirada. Sobria y minuciosa interpretación de Pablo Cedrón, frente a un Casero no del todo imbuido de su papel.

Se lucen Claudio Rissi, el que hereda el poder y la violencia, y Moro Anghileri como Juana, la hermosa criolla disputada luego por dos hombres a sangre y fuego.

Todo transcurre en majestuosos espacios abiertos que corresponden a Amaicha del Valle de Catamarca, impecablemente fotografiados.

La música de Gustavo Pomeranec hacia el final, con la Marcha de San Lorenzo subiendo estentóreamente, ridiculizará a las películas que exaltan la heroicidad en forma un tanto escolar.

Hay reconocimientos diversos a nuestro realizador máximo, Leonardo Favio, y la estética de John Ford, entre otros, se encuentra presente.

Martha Silva