domingo, 3 de mayo de 2009

ATILIO CASTELPOGGI


La Vigencia de un símbolo de la bohemia porteña


El 28 de abril se cumplieron ocho años de la desaparición de uno de los poetas más relevantes y entrañables de nuestra ciudad, Atilio Castelpoggi. Su carácter multifacético resulta asombroso: además de consagrarse a su máxima pasión, la poesía, fue ensayista, autor de tangos, periodista, funcionario público, docente y hasta contador. Sus versos están teñidos por un amor desmesurado a Buenos Aires y, especialmente, a su Boedo natal. Así, definió el barrio como “un mito que llevamos en el corazón” y se retrató a sí mismo como un jugador que apuesta al misterio que para él ejercía esta ciudad.

Nació en 1919 en el seno de una familia pudiente, sin embargo, desde muy joven optó por una vida alejada de la opulencia y cercana a la bohemia y al lirismo. Tuvo una larga e intensa carrera. Desde 1951 cuando obtuvo su primer galardón, el Premio Municipal Iniciación por su obra Tierra Sustantiva (sonetos), no dejó de publicar ni de cosechar reconocimientos. Fue distinguido por el Fondo Nacional de las Artes, la Fundación Argentina para la Poesía y la Municipalidad de Buenos Aires. En 1996 conquistó el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores por el conjunto de su obra y fue declarado Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires.

Su compañera de siempre, Lydia Viola, nos recibió en el departamento que ambos compartían. Apenas se entra en él pueden contemplarse las paredes totalmente estampadas con fotos, cuadros y recuerdos del escritor: “Lo bueno de Atilio –afirma Lydia– es que cada libro era diferente, siempre irrumpía en lo nuevo porque él nació poeta. Una vez me dijo ‘a lo único que le tenés que tener celos es a la poesía’. Yo rescato de él que era un poeta filosófico, cuyas frases encerraban mucha belleza. Eso es arte. Era un poeta de vanguardia porque escribía sobre su tiempo y sobre el futuro”. En su libro Una calle fuera del tiempo rescató la memoria barrial y en Buenos Aires mi amante (1983) comparó la ciudad con una mujer magnética que nunca se posee del todo.

Otras obras que merecen destacarse son: Los hombres del subsuelo (1954), donde rompió con el soneto y compuso un poema largo; Cuaderno de Noticias (1959) y El alucinado (1963), un libro muy particular, pura metáfora, que describe la experiencia tortuosa de quien pierde la razón. Posteriormente publicó Las máscaras (1967), dedicado a los poetas que adoraba; El adiós incompleto (1980), poemas cortos y muy filosóficos; Exilio de mis personajes (1989), donde exploró todos los estados de ánimo y Apenas un cuidador de palabras (1995). Asimismo, mostró calidad como ensayista en El Poeta Narrador (1961), un análisis acerca de la obra del Premio Nobel Miguel Ángel Asturias, amigo personal en cuya casa, en París, vivió junto con su esposa Lydia.

En su emblemático Poema al Barrio, Castelpoggi desplegó toda su veneración por Boedo: “San Juan y Boedo apretando mis ojos/ Pienso que la muerte es un exilio/ es no estar aquí/ perder el recuerdo/ Me reflejo en el ancho horizonte de tus calles hermosas/ como si de pronto fueran un espejo en silencio/ Vivo en ti. Te canto”. A su vez, abordó el tango, la milonga y el candombe: Buenos Aires mi amante, Fuiste un maniquí, Memorias de un payador moreno, Yo quiero quererte así, Mulata de voz profunda, Mi hembra del sur, constituyen su legado musical. Lydia reflexiona con orgullo y emoción: “En su modo de vida, Atilio también fue poeta: rechazó el dinero de su familia porque ésta no quería que escribiera y él no podía vivir sin hacerlo. Abandonó la casa familiar y se fue a trabajar de periodista. La plata no le interesaba, quería escribir y estar con la gente, era más fuerte que él. Le encantaba lo popular, defendía al obrero, al indio. Fue poeta hasta el último día: a la noche se levantó y escribió un poema sobre la muerte, como si lo presintiera”.

Con su sencillez y bonhomía se ganó el afecto y respeto de todos, en especial, del prestigioso y nutrido círculo de escritores con el que se codeaba, aquellos compañeros de veladas inolvidables en los cafés o en la actual Casa Carlos Gardel, como Nicolás Olivari, Oliverio Girondo, Raúl González Tuñón, Juan Gelman, Rafael Alberti, Augusto Roa Bastos, Homero Expósito, Leónidas Barletta.

En su homenaje, en 2007, fue colocada una placa de cerámica en la plazoleta ubicada en las avenidas Boedo y Belgrano, a 50 metros de su última morada, donde pueden leerse algunos versos de su Poema al Barrio.

“Atilio era un artista porque te alimentaba la ilusión y el artista no muere sino que perdura a través de su obra. En este momento, él está acá, en su barrio”, dice su viuda con una sonrisa en los ojos, como si lo estuviera viendo.

Laura Brosio