jueves, 2 de junio de 2011

AÍDA CARBALLO


La expresividad y minuciosidad de la reina del grabado

"Preferí el grabado, por su nobleza. La pintura turba. El grabado es honesto como la escultura". Estos dichos pertenecen a Aída Carballo, artista argentina que fue una de las principales grabadoras de América. Dueña de una expresividad y una creatividad descomunales, también era dibujante, ilustradora y ceramista. Nació en julio de 1916 en San Telmo, en una casa de la calle Defensa. Ante la temprana pérdida de su madre, su infancia estuvo marcada por la fuerte presencia de su padre -diputado socialista-, quien incidió en su vocación. Así lo manifiesta una de sus sobrinas, Ana Dulce Carballo: “El padre era una persona ilustrada, un humanista. Cuando Aída decidió estudiar en la Escuela de Bellas Artes no le llamó la atención. No era de esos padres que preparan a la hija para casarse, le daba libertad. Cuando él dejó de manejar, Aída instaló su primer taller en el garaje”.

Carballo estudió en la Escuela de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón, en la Escuela Nacional de Cerámica y en la Escuela Superior Ernesto de la Cárcova, de donde egresó con el título de Profesora Superior de Grabado. Entre 1958 y 1959 realizó un viaje de estudios a Europa. Fue en la década del sesenta cuando la descubrió la crítica y alcanzó reconocimiento público.

Aproximadamente a los 40 años sufrió una enfermedad psiquiátrica por la cual debió ser internada varias veces. Su otra sobrina, Ana Lía Carballo, nos brinda más detalles: “En ese momento se peleaba con todos, la había golpeado mucho la muerte del padre. Tuvo un brote, un delirio de persecución y la internaron. Cuando estaba internada, dibujó la ciudad de los locos. Ahí debe haber sentido que si no se refugiaba en el arte no salía, porque era cruel ver a esa gente… Después de las internaciones, empezó a valorar las cosas de la vida, a dedicarse a la jardinería, a hacer fiestas para sus amigos; le gustaba mucho disfrazarse”. De este modo, la locura se constituyó en un elemento central de su obra y en la temática más lograda. Sus trabajos se dividen en series: los locos, los colectivos, los amantes, los levitantes y las muñecas, entre otras. La serie los locos despliega emotividad y un tono tenebroso; sin duda encierra vivencias de sus internaciones.

Los grabados son puntillosos y representan pequeñas crónicas de su vida. Una de sus obras fundamentales es Autorretrato con autobiografía (1973), donde aparece la artista de perfil, levantando la palma de la mano abierta, plagada de arrugas y grietas, símbolos de las marcas de la vida; por detrás se lee una breve autobiografía manuscrita. Otra obra importante es Autorretrato con narices (1964), donde Aída está con una mirada desafiante, mientras arriba puede adivinarse un graffiti que dice: “Contra la opresión”, toda una definición de la grabadora. Otros trabajos emblemáticos son: La calle, el corazón y la lluvia (1948); La lombriz es una pariente leve de la locura y Quieta meditación (1963); Arriba prontito, todos al reino de los cielos (1965) y La sospecha (1976).

Los temas que predominan en su obra son los sueños, lo fantástico, el amor en pareja, la vida cotidiana y la ciudad. En el manejo del espacio se notan las influencias del Renacimiento (pintores como Durero, Rembrandt, Goya, Carpaccio y Bellini), y también las del grabado inglés de los siglos XVIII y XIX. Asimismo, se observa una leve aproximación al Pop Art en algunas serigrafías color. Sus grabados apuntan, por un lado hacia la sátira y lo grotesco, y por otro hacia lo inquietante y oscuro.

Fue ilustradora del suplemento literario del diario La Nación, de libros como Don Segundo Sombra y varios de Mujica Láinez, su gran amigo. Conquistó numerosas y relevantes distinciones: el Premio del Salón Nacional (1963), el Premio Fondo Nacional de las Artes (1965 y 1977) y el Premio Facio Hebequer, de la Academia Nacional de Bellas Artes (1977).

Amaba mucho el ejercicio de la docencia. Nené Nocera, quien tuvo el privilegio de ser su alumna, comenta: “Ella daba todo lo que sabía. Enseñaba con sensibilidad y parsimonia. Era muy didáctica pero no invasora, respetaba al alumno. Era querida por todos”. Después de haber tenido talleres en Villa Crespo y Barracas, abrió el último en Almagro, en Venezuela al 3800, una enorme casa antigua sobre la que existe el proyecto de convertirla en una casa-museo.

En la etapa final de su vida la artritis le impedía trabajar. Esta frustración, sumada al fallecimiento de su hermano mayor, la hicieron caer en un pozo depresivo; dejó de alimentarse y todo la condujo a la muerte el 19 de abril de 1985, a los 69 años.

En los últimos tiempos se organizaron dos grandes exposiciones de esta artista: en el Museo de Bellas Artes en 1996 y en la Fundación OSDE en 2009, una retrospectiva con ochenta obras. Algunos de sus grabados pueden apreciarse en el Museo Eduardo Sívori y en el Museo de Arte Moderno, de Buenos Aires.

Laura Brosio

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