jueves, 5 de enero de 2012

CONVENTILLOS EN BALVANERA

El Conventillo de La Paloma

EL CONVENTILLO


“… para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres
del mundo que quieran habitar en el suelo argentino…”

(del Preámbulo de la Constitución Nacional)


La Pequeña Aldea que fundara Juan de Garay en 1580, con pretensiones de cuidad y con el rimbombante nombre de “La Santísima Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Ayre”, contaba con apenas 32 manzanas. Éstas fueron asignadas en parcelas por Garay entre 63 capitanes y oficiales de la tripulación de sus tres navíos. A su vez les reservó extensiones más amplias en “las afueras”, como quintas de descanso y aprovisionamiento de productos vegetales frescos. También les concedió cuotas de nativos para servidumbre personal.
Un dato llamativo es que algunos de estos oficiales hoy cuentan con una calle de la ciudad que los recuerda: Franco, Escobar, Vallejos, Pareja, Griveo, por ejemplo.
Aquellas extensiones adicionales, hacia el oeste y hacia el norte, constituían un amplio cordón verde que se esparcía en abanico y rodeaba la pequeña ciudad, dotándola de un privilegiado entorno ecológico.
Esta relación urbana-suburbana se fue modificando muy lentamente en los 230 años de colonialismo español, ya que para la metrópolis “las Américas” eran tan sólo una base de aprovisionamiento de materias primas, y especialmente de oro y plata. Este enfoque provocó un saqueo de las riquezas y el desalojo, cuando no el exterminio de pueblos originarios enteros.
En Buenos Aires la historia de la colonización comienza con varias décadas de atraso, en la fundación definitiva de Garay en 1580, ya que no puede considerarse como tal a la efímera primera fundación de Mendoza de 1534.
Las 327 hectáreas iniciales en 1580 se ampliaron a 3.963 en 1867, y a 18.141 hectáreas en 1887; que incluyó a los partidos de Flores y Belgrano, separados de la urbe por quintas y campo abierto.
En cuanto a población, recién comienza a crecer sustancialmente a partir de la emancipación de 1810, cuando la ciudad contaba con sólo 40 mil habitantes, de los cuales el 65% eran blancos, el 30% negros y el 5% mestizos e indígenas. En 1850 pasó a 80 mil, a pesar de las cruentas guerras de la independencia y otras locales, pero la gran expansión ocurrió hacia 1890, momento en que se llega a los 530 mil habitantes. La epidemia de Fiebre Amarilla de 1871, además de provocar una gran mortandad dio lugar a un desplazamiento de los sectores acomodados del barrio sur hacia las quintas del norte, dejando desocupadas sus viejas casonas.
La gran inmigración externa y la afluencia del interior produce en Buenos Aires un fuerte desequilibrio entre vivienda y población, y ello da origen a una crisis habitacional de proporciones. Pocas fueron las reformas que debieron hacerse en aquellas casonas del sur para convertirlas en los primeros conventillos (del latín conventus, lugar de asamblea o reunión). La transformación impactará en la topografía arquitectónica de la época, y los especuladores aprovecharon para lucrar con las demandas ansiosas y poco exigentes de buena parte de la población.
La “ilustre” Generación del ‘80 había priorizado la inmigración europea, que parecía ver en ella una suerte de “purificación” de la sociedad en detrimento del gaucho y de los habitantes originarios, estos últimos casi exterminados durante la Campaña del Desierto emprendida por Roca en 1878. Los aborígenes cautivos, mayormente ancianos, niños y mujeres, fueron sometidos al trabajo esclavo en las cosechas, lo que fue una dura explotación. Además de habérseles arrebatado las tierras, se los condenó a la invisibilidad y la marginación, y se les negó a su vez su cultura e identidad.
En la ciudad, el conventillo, como característica vivienda precaria, se constituyó en el paso siguiente al Hotel de Inmigrantes. A modo de gusanera de hacinamiento, suciedad y falta de servicios sanitarios, la mayoría de aquellas viviendas colectivas, apenas contaban con uno o dos baños, uno para cada 60 personas, con la prohibición de ser usados por los menores de10 años, ¡toda una infamia!
La habitación era la vivienda toda del trabajador. Húmedas y despintadas, faltas de luz y ventilación, se alineaban a lo largo de un patio de baldosas desgastadas, que no dejaban ya ver su color original. Las piezas solían estar llenas de catres y baúles, sillas desvencijadas, mesas enclenques y espejos turbios. Eran ambientes donde se mezclaban la ropa con artículos comestibles y escupideras; cuevas de alimañas de todo tipo, campo propicio para el brote de enfermedades y sufrimientos.
Los pisos de altos, con escaleras deficientes y pasillos estrechos, conducían a nuevas hileras de cuartuchos, verdaderos tugurios, aún más pequeños que los de la planta baja.
Hacia 1880 los conventillos de Buenos Aires llegaban a alojar al 20% de la población, unas 55 mil personas, fundamentalmente inmigrantes.
El primer censo municipal de 1887 sería de 433.375 habitantes: 204.735 argentinos y 228.640 extranjeros (138.166 italianos, 39.562 españoles y 27.007 de otras nacionalidades). En ese momento los conventillos llegaban ya a los 2.800, y para 1890 eran 3.142, habitados por 103.552 inquilinos.
En Balvanera había en aquellos años 181 conventillos, especialmente volcados hacia el sur este del barrio, sobre las calles Belgrano, Venezuela, México, Chile e Independencia.
En el barrio de Concepción existían 220; en Piedad había 204; el barrio Del Socorro contaba con 192; San Nicolás, 182 y San Telmo, 152. Para el año 1912 el barrio Concepción llegará a 356 y San Nicolás a 324. Algunos conventillos famosos tenían nombres relacionados a la condición y origen de sus habitantes: “Las 14 provincias”,” Los dos mundos”, “ El palomar”, “Babilonia”, “ El Sarandí”, “ De la Paloma”, “El Arca de Noé”, “La Madonnetta”.
Sin embargo Buenos Aires no fue la única ciudad que albergó al conventillo; también alcanzó a la ciudad de Rosario, como respuesta a la concentración propia de una época en que comienza a expandirse la industria.
En el mundo este fenómeno se reeditará como consecuencia de la revolución industrial y la expansión capitalista, al producirse concentraciones urbanas en torno a los grandes establecimientos fabriles: Londres tendrá sus barrios y calles pobladas de conventillos, así como Paris y Nueva York.
Entre 1861 y 1910 ingresaron al país 3.674.000 extranjeros; tan sólo en la primera década del siglo llegan 1.764.101 de ellos, todos bajo la influencia de la ley 817, llamada Ley Avellaneda. En 1914, más del 50% de los habitantes de la ciudad eran extranjeros.

LA HUELGA DE INQUILINOS DE 1907

Las condiciones infrahumanas y los precios elevados de esta forma de especulación con las necesidades de la vivienda, lanzarán a la población a una huelga memorable que comenzó en forma desordenada y espontánea como “La marcha de las escobas”. pero que rápidamente cobró dimensiones y organización, un movimiento por “el no pago del alquiler”.
Aquella inmigración europea no aportó ingenieros ni técnicos como esperaba “La generación del ‘80” sino laburantes, que trajeron nuevas y revolucionarios ideales sociales del viejo mundo, concepciones anarquistas y socialistas.
Fueron estos pensamientos el puntal de la gran pueblada, que dejó un penoso saldo de un muerto, varios heridos, y muchos presos y deportados por aplicación de la Ley de Residencia (Ley Cané Nº 4.144, sancionada en 1902 bajo la presidencia de Julio A. Roca).
Se conquistaron algunas mejoras efímeras, pero como siempre, se acusó a los agitadores e infinidad de familias obreras fueron lanzadas a la calle; el valor de los alquileres volvió a dispararse, hasta representar la cuarta parte del jornal obrero, pagado por una pocilga inmunda.
El conventillo fue motivo inspiración para el arte popular, expresado en el tango y en los sainetes, memorables como por ejemplo El conventillo de La Paloma (1920) y Tu cuna fue un conventillo (1929), ambos de Alberto Vacarezza.
Otras formas de vivienda popular reemplazarán con el tiempo al conventillo: el inquilinato, de habitaciones agrupadas en varios patios tipo chorizo, hacia el fondo de la casona; la autoconstrucción, en terrenos alejados de la ciudad; los hoteles pensiones, tan precarios como los conventillos; las viviendas económicas oficiales, como los barrios Cafferata y Butteler, entre otros. Y más tarde la Ciudad Evita, que comenzó siendo un típico barrio obrero.
Llegarán luego las villas miseria, tal vez la más degradadas de todas las formas habitacionales, levantadas en terrenos fiscales y ferroviarios, en zonas inundables y a la vera del Riachuelo.
Las condiciones generales y el deplorable estado de salubridad de aquella época lejana quedan así reflejadas, cuando criollos e inmigrantes sentían que una joven y pujante nación los cobijaba, y que tendrían trabajo y esperanza. Hoy a más de un siglo, cada uno puede sacar sus propias conclusiones.

Miguel Eugenio Germino


Agradezco la desinteresada colaboración de los vecinos Manuel y Alberto Gómez, Lorenzo Mercuri, Salman Fondebrider, Pedro Zangaro, Pajarito Génova, Germinal Espigares, Carlos Cebarfes e Ignacio Lavitman

Fuentes:
-García, Juan Agustín, La Ciudad Indiana, Ed. Hispamérica, 1986.
-http://www.barracavorticista.com.ar/historia/conventillo/index.htm
-Instituto Histórico de Buenos Aires, “Jornadas sobre la vivienda”, Buenos Aires, 1985.
-Páez, Jorge, El Conventillo, CEAL, 1970.
-Periódico Primera Página, nº 51 abril de 1998.
-Romero, José Luis y Luis Alberto, Buenos Aires, Historia de 4 Siglos, Ed. Abril, 1983.



Algunos de los principales conventillos de Balvanera
-Catamarca 359, con más de 30 piezas.
-Chile 2173, entre 30 y 40 piezas.
-H. Yrigoyen 2850, media manzana con 120 piezas.
-Independencia al 2100, “El Arca de Noé”.
-México 1860, con 62 piezas.
-México 2154, conocido como “La Madonnetta”, con una capilla al fondo.
-México 2425, con 40 piezas.
-Moreno 2780, con caballeriza al fondo.
-Venezuela 2376, con salida por México 2407, con más de 100 piezas.
-Venezuela 2460/68, primero corralón, luego conventillo con 40 piezas.