sábado, 3 de septiembre de 2016

CAFÉ RESTAURANTE "EL TROPEZÓN"



CAFÉ-RESTAURANTE “EL TROPEZÓN”







Todo comenzó allá por el año 1896, cuando en la esquina NE de Callao y Bartolomé Mitre (lugar donde funcionará luego una sucursal del Banco Nación), se inaugura este templo de la liturgia, la gastronomía y las largas tertulias: “El Tropezón”, restaurante que sería emblemático de Buenos Aires por su famoso  “Pucherito de gallina”.

Pocos años más tarde, en 1901, se mudó a Callao y Cangallo (hoy Juan D. Perón), allí funcionó hasta 1925, año en que se vio obligado a cambiar nuevamente de domicilio, en esta oportunidad debido a una desgracia, ya que se derrumbó el hotel que funcionaba en los altos del edificio. Todo quedó arruinado, el salón y su entorno.

Sin embargo “El Tropezón” estaba obstinado en sobrevivir y el 10 de febrero de 1926 se reinaugura en Callao 248, lugar donde la mayoría lo recuerda en su época de esplendor.

Sus primeros dueños fueron Manuel Fernández (asturiano) y Ramiro Castaño (gallego), que junto al famoso maitre Avelino Fariña, hicieron famoso el lugar.

Lo visitaron escritores, novelistas, actores, tangueros famosos y hasta personajes venidos del extranjero, como Federico García Lorca. También Irineo Leguisamo y nada menos que Carlitos Gardel, que  ocupaba siempre la mesa 48.





No era un restaurante de lujo pero sí era un ícono porteño, con personalidad propia, donde se permitían largas tertulias, compartiendo en simultáneo la comida y la permanencia durante las 24 horas. Por lo general los clientes asistían en grupos a saborear su especialidad: el puchero, que era para compartir, a tal punto que podría decirse que ningún porteño de ley podría privarse siquiera por una vez en su vida de paladear aquella exquisitez. Difícil, aunque no imposible, era encontrar allí a una pareja o a un par de amigos, ya que lo común era la tertulia en torno a dos o más mesas reunidas y numerosos comensales.

El puchero español tiene sus semejanzas en la cocina del mundo: el pot-au-feu francés, el bollito misto italiano y la adafina, plato judío típico de los sábados.

Pero el origen de nuestro puchero fue una comida de campesinos, de gente pobre, ya que se hacía con lo que sobraba de otros días y de otros platos. Llegó a la Argentina junto con las corrientes inmigratorias de finales y mediados de siglo XIX; etimológicamente “puchero” no quiere decir otra cosa que “olla”, sea de barro, de hierro, cobre u otro material.

Era por excelencia la comida básica de las familias españolas que llegaban a Bs. As., corridos por las guerras, la persecución política y la miseria. Tras más de un mes de navegación en tercera, los alojaban en el Hotel de Inmigrantes situado en el puerto. Venían para “hacer la América”, pero en seguida tuvieron que emigrar al interior del país o conformarse en compartir con sus compatriotas los tristemente célebres conventillos de La Boca, Palermo, San Cristóbal, Balvanera, Villa Crespo o San Telmo.








Con el tiempo, pasó a ser un plato más cotizado con la anexión de las carnes vacunas con hueso, la falda, el osobuco, el caracú, en desmedro del cerdo y del cordero, el cuerito y el chorizo colorado, la “verdurita”, la papa, la zanahoria, la batata y el puerro, los porotos, los garbanzos, el repollo y el choclo y muchos ingredientes de creaciones propias.

El agregado de la palabra restaurante al de café o bar, fue una trampita criolla, destinada a prolongar la permanencia del parroquiano, así como también la bohemia porteña trasnochada, y tener un adicional alimenticio para llevar a la boca.





EL DERRUMBE



 Exactamente las 21.37 hs. de aquel aciago día 7 de julio de 1925 se produce el desplome del hotel que funcionaba en los altos del edificio de Callao y Cangallo (hoy Perón) que albergaba al restaurante, y la alarma cundió en todo el centro porteño: ¡El Tropezón se había derrumbado! Se alteraba así la tranquilidad de la urbe y uno de los primeros en registrar el hecho fue el taxista Adolfo García, quién decidió enfilar raudamente hasta el cuartel de bomberos a denunciar el hecho, ayudado por el desesperado silbato del agente de facción.






Cabe tener en cuenta que por entonces las comunicaciones telefónicas eran muy limitadas. El trabajo de los bomberos fue difícil a causa de la carencia de luz, que fue solucionado con el tendido de un cable desde un negocio vecino dedicado precisamente a la venta de artículos eléctricos.

Se hallaban presentes el jefe de la Policía y el comisario de la sección 5ª, y a unos cien metros de distancia se agolpaban, tras el acordonamiento preventivo, una multitud que presenciaba la remoción de escombros, entre los que posiblemente se encontraran también amigos y familiares de las posibles víctimas.

No hubo muertos pero sí contusos de diferente consideración, entre los parroquianos que a esa hora colmaban el local y que salvaron milagrosamente su vida, uno de ellos Rafael Pintos, que logró refugiarse bajo una mesa.

Junto al restaurante siniestrado estaba el salón de lustrar de Francisco Coreri, que sufrió también las consecuencias del accidente y manifestó luego que desde hacía seis meses se observaban rajaduras en la construcción.

Las pérdidas materiales fueron cuantiosas, calculadas en 20 mil pesos de aquella época. De las ruinas de aquel local renacerá otro, en la Av. Callao 248.





LAS NOCHES DEL TROPEZÓN



Fue El Tropezón uno de los Café-Restaurantes de la historia de Buenos Aires y su bohemia trasnochada, en los que se intercalaba la tertulia de famosos de todos los géneros, con el buen bocado para reponer energías y continuar hasta que las velas ardan y aún cuando éstas se apaguen con el albor del amanecer, con el debate literario, del espectáculo y los escenarios más variados.

Se encontraba entre los famosos junto a “La Brasileña” de Maipú 238 y “Los Inmortales” de Corrientes 922.

Este cenáculo, especialmente durante su esplendor en la esquina de Callao y Cangallo, fue cimentado por Ezequiel Soria, que estuvo presente hasta finales de su vida, ya que se hacía llevar en un cochecito cuando sus extremidades no le respondían, a fin de no perder las largas tertulias, a las que el virtuoso sainetero consideraba su segundo hogar, o tal vez el primero. Siempre acompañado por Roberto Casaux y su compañera, la actriz Esperanza Palomero, en las que no faltaban famosos como Francisco Payá y Nemesio Trejo, quienes formaron la peña a cuyo rededor se agrupaban Pedro Pico, Alberto Novión, Luis Arata, Berta Gankloff, Juan Mangiante, Mario Fernández, Armando Discépolo, José Antonio Saldías, Julio Sánchez Gardel, Carlos M. Pacheco, Arturo de Bassi, Eliseo San Juan y todas las figuras de época que brillaran en el ámbito de las tablas.

El mismísimo Ángel Gregorio Villoldo era de aquellas partidas, igualmente que Ramón Gómez de La Serna –otro grande que tenía su domicilio en Balvanera, en Hipólito Yrigoyen 1974, entre 1936 y 1963, cuando nos dejó para siempre–. Al famoso sitio acudía también el periodista Joaquín De Vedia, del Diario La Nación, también bohemio empedernido, que a su regreso final a Buenos Aires, ya con su figura quebradiza, reunió en las mesas de El Tropezón a los amigos, pronunciando palabras como: “ésta es la repatriación de un cadáver… y da gusto comprobar que se hallan en el velatorio mis mejores amigos, como premonición de su despedida del mundo de los vivos.

Entre las mesas del mítico restaurante se movían de noche y de día los personajes y las sombras de quienes fueron pedazos de la cultura y la historia de un Buenos Aires que se fue y lo dejamos escapar.

El puchero. Tal vez como homenaje llegó a ganar preeminencia y su mención llegó hasta a sustituir al proverbio bíblico de “ganarse el pan” por el de “ganarse el puchero”, o bien “ganarse los garbanzos”, o “parar la olla”, sentencias de porteñísima identidad. Olla, por otra parte tiene a su vez como acepción “guiso preparado con carne, tocino, legumbres y hortalizas” (o sea puchero).

 No existen demasiados testimonios, bibliografía ni fotografías del lugar que durante casi 75 años fue una historia viviente en la Av. Callao entre Bartolomé Mitre y Sarmiento.

El tango lo inmortalizó con “Pucherito de Gallina” de Roberto Medina:



“…Cabaret... "Tropezón"...,
era la eterna rutina.
Pucherito de gallina, con viejo vino carlón.
Cabaret... metejón...
un amor en cada esquina;
unos esperan la mina
pa' tomar el chocolate;
otros facturas con mate
o el raje para el convoy…”



La Junta de Estudios Históricos de Balvanera, colocó en el año 1999 una placa en la última morada del mítico restaurante en Callao 248, que cerró definitivamente en 1983 tras un nuevo derrumbe, esta vez de la marquesina de su frente, un destino premonitorio que puso fin a la eterna rutina de El Tropezón.



Miguel Eugenio Germino






Fuentes:

-Bossio, Jorge A., Los Cafés de Buenos Aires, Plus Ultra, 1995.

-Longo Rafael, Cafés de Buenos Aires, Interjuntas, 1994.

-Saldías, José Antonio, La Inolvidable Bohemia Porteña, Freeland, 1968.

-Todo es Historia nº 270, diciembre de 1989.




1 comentario:

Fortu dijo...

EXCELENTE NOTA, FELICITACIONES Don MIGUEL GERMINO.