jueves, 1 de septiembre de 2016

TURQUIA



  El golpe que no fue





Golpes parlamentarios, judiciales e incluso militares. Quienes creyeron que los golpes de Estado eran una reliquia del siglo XX, se equivocaron. Hoy la destitución de autoridades antes del término de su mandato está a la hora del día. Algunos tienen éxito como bien podemos ver los sudamericanos en estos días, otros, en cambio, fracasan y además fortalecen a la autoridad que iban a deponer. Este fue el caso de Turquía.
Aunque las campañas golpistas cambien según el país, se vislumbra que la mano de la Casa Blanca está siempre detrás manejando los hilos en algunos casos y otorgando su visto bueno en otros. Por ser una pieza clave del ajedrez de la OTAN, el caso turco debía manejarse con delicadeza. Pero Tayyip Erdogan había dejado de gozar de la confianza de Washington y sabemos que la diplomacia de Obama no tiene empacho en avanzar rápido cuando un mandatario no es de su agrado.
Sin embargo, algo salió mal en la planificación o mejor aún, se subestimó la capacidad política de Erdogan y su nivel de popularidad. El mandatario turco aisló pronto a los golpistas y convocó rápidamente al pueblo a respaldarlo en las calles. No fue gratis, se contabilizaron 265 muertos de ambos bandos, con el resultado que Erdogan está más fuerte ahora que antes del intento fallido.
Hábil para leer el mensaje, Erdogan abandonó la hostilidad hacia la Rusia de Putin y ni lerdo ni perezoso se acercó al gigante ruso, que casi sin planearlo, perdió a un enemigo y ganó a un aliado de gran valor estratégico. El derribo del caza ruso en cielo turco quedó en el olvido y ambos mandatarios ya trabajan en forma conjunta para combatir al terrorismo y resolver la situación de Siria.
En tanto, la Casa Blanca se anotó una nueva derrota ya en tiempos de campaña electoral. Igualmente, el probable triunfo de Hillary Clinton anticipa la continuidad de una política diplomática que no solucionó ningún problema y que, por el contrario, encendió focos de terrorismo mundial que están lejos de ser apagados.

Pablo Salcito