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PRIMERA PAGINA Nº 265 - JULIO DE 2017

martes, 1 de noviembre de 2016

EL SILENCIO



EL SILENCIO: RELATO






Juro que yo no lo quería hacer, pero no tuve opción…
Aquella tarde, mientras atizaba las brasas, los recuerdos se hacían presentes.
Llegó ella. Era invierno y “El Silencio”, mi hostería, ofrecía un hermoso valle apartado, rodeado de árboles secos, dejando entrever un bosque milenario. Adornando como puntillas de la naturaleza, un profundo y azul lago.
Estando dentro y mientras sus ojos recorrían el lugar sin definir un punto fijo, me comentó que el viaje le resultó tranquilo y mucho más corto de lo que había esperado.
Cargaba con tantas valijas, y enormes, que surgió en mí una curiosidad por saber su contenido. Más tarde descubrí que sólo se trataba de ropa de abrigo y varias novelas de misterio.
Le pregunté de dónde venía. Era porteña, del barrio de Almagro, me indicó como referencia el Abasto, ni idea de dónde quedaba eso, sonreí como si supiera. Estaba contenta ya que hacía más de dos años que no se tomaba vacaciones. Quería que fueran únicas. Su hermano vivía en el exterior, para qué avisarle. El relato se extendía y para concluir su monólogo la invité a conocer el cuarto donde dormiría.
Mientras nos dirigíamos al lugar continuó con su incesante conversación. Al abrir la puerta finalmente dejó de parlotear y su expresión cambió al encontrarse con una amplia habitación con una cama antigua, un sillón mullido, unos ventanales con vista al majestuoso lago, por donde se filtraba la tenue luz del atardecer. Carecía de cualquier tipo de decoración. De repente quedó inmóvil. Hizo tres pasos y con su mirada fija en él, el cual le devolvía la imagen de su esbelta silueta, como si fuera ella misma capturada. Era un antiguo espejo de cuerpo entero con marco de bronce bruñido. Era parte esencial de aquel escenario, se erguía al pie de la cama queriendo decir algo.
Rápidamente bajó a cenar. No había huéspedes, solo ella, lo cual le permitía mantener una actitud relajada. Sobre todo, contar con mi total atención.
Esa noche se desplomó sobre la cama. Y ahí quedó en un letargo profundo.
A la mañana siguiente mientras le servía el desayuno, comentó haber tenido sueños brumosos y mientras estiraba su cuerpo, recordó que presentía que alguien la observaba desde el espejo. Abriendo mis ojos y mi boca asentí mi preocupación por lo sucedido y le aconsejé que vaya a dar un paseo por el bosque, pero sin alejarse de la orilla del lago, que le serviría de referencia para volver.
 El tiempo no era suficiente para contemplar toda la belleza de aquel paisaje cautivador y esta quietud que era desconocida en el lugar donde vivía.
En el hall, mientras arrastraba gruesos leños para encender la chimenea, la vi. La mesa para cenar pescado con especias ya estaba lista, iluminada por el fuego de la chimenea. Mientras cenábamos pude decir simplemente que aquel manjar era el plato preferido de mi hija. No recibí ni una palabra, ni gesto alguno como respuesta. Tuve un sentimiento extraño, molesto, que hacía nacer en mí dos pensamientos. O no tenía interés alguno de mi historia o no quería escuchar historias tristes.
Subió a su cuarto. Y unos segundos después, por un pequeño resquicio que se hallaba junto a la puerta, pude ver como las páginas de un libro se movían acompañando a una lectura, hasta la llegada del sueño arrollador, producto del cansancio por la larga caminata.
Mientras desayunaba me comentó, sin tener muy claro si era un sueño o no, que alguien que la observaba desde el espejo se aproximó a la cama y con expresión angustiada intentaba decirle algo. Pero por más esfuerzo que ella hacía no lograba oírlo. Envuelta en sudor, esa madrugada le costó volver a conciliar el sueño. Creyó distinguir algún movimiento en el espejo, pero, al levantarse para corroborarlo, comprendió que era la frágil luz que se filtraba a través del ventanal, lo que dibujaba garabatos entre las sombras.
Los días siguieron inevitablemente transcurriendo y yo ocupándome de ella. Las reservas caían, excusándose con que había mal clima, lo que hacía imposible atravesar el bosque y llegar al lugar. Sus pesadillas eran el tema de cada desayuno. Habían pasado a ser parte de sus vacaciones. Cada despertar estaba acompañado de sentimientos de angustia que se disipaban cuando comprobaba que no había nada raro a su alrededor. En ocasiones dejo entrever su soledad y su vacío interior.
En la cena anterior a su partida, bajo su insistencia, descorché una botella de vino, aunque, con una sonrisa de timidez y la mirada fija en el suelo, refirió no estar acostumbrada a beber. Al acabar, su cabeza era un mar bravío en una noche de tormenta. Lamentó haber bebido. Estuve obligado a ayudarla a llegar a su cuarto y acomodarla en la cama. Quedó dormida de inmediato. Un breve e insignificante pensamiento de culpa atravesó mi mente. Era hermosa, pero no tanto como mi Alicia.
 Esa madrugada, sus pesadillas estaban envueltas de una carga emocional muy profunda, oscura y desafiante. La pobre no logró despertarse para enfrentarlas y espantarlas. La tomó de la mano, murmurando su nombre y mientras la acariciaba llegó frente al espejo.
Nunca olvidaré esa mañana al disponer el desayuno para ella, que la recuperé, intacta, tal cual estaba hace quince años cuando la había perdido a orillas del mágico lago azul.
Esa habitación quedó clausurada ya que solían escucharse por las noches lejanos gritos y golpes en el vidrio una y otra vez.
Que opción podía tener yo si el resultado era recuperar a mi pequeña niña.

Guillermo Gabriel Giglio








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