miércoles, 7 de septiembre de 2011

POEMAS DE MARIO JORGE DE LELLIS


CANTO A LOS HOMBRES DEL PAN DURO

Nacen, se reproducen, después mueren. De cobre son y el cobre los golpea. Llevan de cobre el corazón y la camisa. Llevan de cobre las mujeres recias. Llevan de cobre el ojo y los abuelos. De cobre son y suenan. Nacen, se reproducen, después, mueren. Y es de cobre el vapor del caldo escaso, de cobre el duro tálamo, la higuera, el defendible hinojo, la charla sobre el pan, el hasta cuándo, las mesas de hule roto, la impaciencia por ver caras alegres, frutillas, casas propias, amigos bajo el sol, bajo la siesta. Nacen, se reproducen, después, mueren. Fueron cadetes de la industria, albañiles de andamios, fabricantes de cosas inútiles modernas, paladines del aire y del martillo, fregadores de pisos, humo de chimeneas. Nacen, se reproducen, después mueren. ¿Quién obtuvo sus sangres? ¿Quién destinó sus vértebras? ¿Quién los puso de gallos en la aurora caminando y gritando, pateando y acatando, hirviéndoles la sangre compañera? Yo los he visto hastiados hasta decir no quiero, los he visto matando en frigoríficos, matando en primaveras en que todo nacía sin motivo aparente como nacen las flores; lo he visto con bolsas, moverse, trabajando, cuando era la hora de comer, la hora egregia del amor y del descanso; los he visto trepados a las torres, trepados a las viejas torres, dándoles cal, charlando con los ángeles, mirando un punto de la tierra, un solo punto vivo al cual pertenecían y por el cual hilaban sus días, sus esencias. Los he visto volviendo a sus hogares con la honradez al hombro, mirándose las piernas, detallándose niños y costumbres, algunas cosas que suceden, pisándose las huellas, hollándose los marzos, los octubres, los panes sin almuerzo, las amargas cosechas del frío, las amargas recolecciones para otros y las amargas siembras del cobre que resuena en el alma como un gran acordeón tocando a fiesta. Yo sé que nacen, sí. Yo sé: se reproducen. Yo sé: se mueren. Sé que suenan a cobre, sé que suenan a rasgadoras fiebres, a pan hermoso y triste. Tienen hijos de cobre, muy sonoros; tienen mujeres recias, cigarrillos baratos en los dedos, hondas causas vitales manchando sus ojeras. Están aquí y allá. Suenan, resuenan. Son de una gama gris. Andan y trepan. Naturalmente cobres, naturalmente solos, tienen el sol cerrado sobre la mano abierta. Y un día caen trizados por el tiempo, con unos ojos amplios hacia el norte y un pan duro indicando sus presencias. Son esos hombres duros como el cobre. Suenan, resuenan.


Canto a los hombres del papel sellado

Uno los ve fundamentales, tristes,
palideciendo al puro contacto con las rosas con larga urbanidad prolijamente seca, ojo de gancho duro, talonarios, y aroma de calas siguiéndoles las muertes, y un impecable estar adentro de la ley como al fondo de un sótano marino. Uno los ve con cosbatas y gominas, electores correctos, fanatizados cuerpos bajos el saco, inmóviles, de negro, cerrando abriendo puertas, decreciendo en constante pulso inútil. Uno los ve al margen de las cosas vivas, hazmerreíres serios, impermeabilizados. Uno quisiera alzarlos hasta las lentas noches donde duele la acacia y las lunas varían de acuerdo al pensamiento; uno quisiera alzarlos hasta el salado sitio de los mares donde navega en busca de occidentes el leve calamar o la gaviota; uno quisiera despertarlos, acaudillarlos, llevarlos al jilguero, a la harina, al quiróptero hundido entre las sombras de las malditas casas, a la dulce majada renovada en el muy blanco sur, al taller con muchachas que se asoman al día sonriendo sus cansancios, al gangoso impedido en una esquina, al tañido violín, a la metáfora, al viento y al cereal y al perejil y a las más altas cumbres y a la niebla. Uno quisiera incluso concederles un poco de horizonte, un dorso de sus días, un quiosco entre las nubes, un extraño país con calabazas, con altos cuellos de ocas investigando lluvias. Puesto que no verán este fanal del mundo, de los hombres, de las tallas auténticas, de la lana abrigándonos las carnes del invierno, del mar impenetrable penetrando en un ritmo de ojos y palomas. No sentirán ciprés, abeja , río, no sentirán amor tendido como un tierno animal buscándose en los dedos, ni una impalpable vida funcionando en los latidos mínimos. Uno quisiera incluso que supieran, que se fueran con vientos por el mapa como nos fuimos todos los raros mensajeros del aire y de las cosas. Pero siguen allí, fundalmente, tristes, cumpliendo sus deberes, oxidando sus caras poco a poco, con acalambramiento amargo entre los dedos, sin saber por qué son, sin comprender tampoco que inevitablemente terminarán nutridos de materia. Duros. Solos.



las 6

Esta es la hora del mate
y de las tortas de entrecasa. Y esta es tu miel que al despertarte ponen abejas perfumadas. Vamos a ver qué nos ocurre con esta tarde color sandra. Qué llantitos de nube y qué manera de correr por la casa. Cuántas veces te irás por pañoletas a suburbios de osos y jirafas. O buscarás un gramo de papel debajo de la cama. O al fin te acostarás con diez muñecos en tu sueño de hadas. Yo sólo sé que en esta hora me arrinconas para jugarte el alma. Y que me vas llevando del pantalón al dedo de tu cara, para mostrarme el corazón de los papeles o el pedacito de migaja. Esta es la hora linda en que te miro con los ojos del pájaro a la pájara. De: "Hortigueral de Almagro", Falbo librero editor, 1965