El
socialismo y el pacifismo, unidos por una prédica humanista
Una de las calles más importantes
de Balvanera se denomina Jean Jaurès.
Esta arteria se extiende del 1 al 1200; nace en la Av. Rivadavia y culmina en
Mansilla. Pero, ¿quién era esta personalidad a la cual se le rinde tributo? Su
nombre completo era Auguste Marie Joseph Jean Léon Jaurès. Nacido el 3 de
septiembre de 1859 en Castres (departamento de Tarn), fue un renombrado
dirigente socialista francés, verdadero adalid del humanismo y el pacifismo.
Fue becado para estudiar en la Escuela Normal Superior de Filosofía, disciplina
de la cual -una vez recibido- fue profesor en el Liceo de Albi y en la
Universidad de Toulouse. En 1885, a los 26 años, comenzó a militar en política
siendo electo diputado republicano (sector moderado). Era el más joven de la
Asamblea. Desde ese puesto, impulsó las primeras leyes sociales del país:
libertad sindical, planes de jubilación para los obreros.
En 1889 perdió las elecciones en
su distrito, por lo tanto, se abocó a elaborar su tesis doctoral sobre los
orígenes del pensamiento socialista alemán. Así, de a poco fue abrazando el
ideal socialista, del cual se terminó de convencer durante la huelga de las
minas de Carmaux. Este conflicto se desencadenó en 1892 cuando el alcalde
electo y minero sindicalista socialista Jean Baptiste Calvignac fue despedido
por sus repetidas ausencias debido a su cargo municipal. Las autoridades
enviaron al ejército para controlar la situación. Jaurès se comprometió en la defensa de Calvignac y de los
obreros, quienes lo eligieron diputado socialista en 1893. Antes, el gobierno
había resuelto el pleito en favor del gremialista. A
partir de ese momento, Jaurès
luchó palmo a palmo con los trabajadores y adhirió definitivamente y con vigor
al socialismo.
En 1897 el dirigente también tuvo
una activa participación en el famoso caso Dreyfus: el del capitán del Ejército
francés que fue destituido con el argumento de haber cometido traición a la patria
cuando el motivo real de su castigo era su condición de judío. Mientras los
marxistas ortodoxos, encabezados por Jules Guesde, opinaban que era un asunto
de la burguesía y que la izquierda no debía intervenir, Jaurès sostuvo que había que
defender al militar –más allá de las diferencias de clase- ante la injusticia
que estaba sufriendo. Esto lo convirtió en uno de los líderes más relevantes
del socialismo. Sin embargo, fue derrotado en las elecciones legislativas de
1898.
Fuera del Parlamento, se dedicó a
completar su colosal obra Historia
socialista de la Revolución Francesa, que se publicó en 1901. También
escribió Las pruebas (1898, sobre el
caso Dreyfus), Estudios socialistas
(1902), Hacia la República social, Los dos métodos (1900), Nuestro objetivo (1904), La Revolución Rusa (1905), La alianza de los pueblos y El nuevo ejército (1914).
En 1904 fundó y dirigió el
periódico L’Humanité, donde denunciaba el peligro de los nacionalismos y de las
ambiciones de las grandes potencias. Al año siguiente lideró la conformación de
la SFIO (Sección Francesa de la Internacional Obrera), que unificó las diversas
tendencias socialistas en Francia y se constituyó en el embrión del Partido
Socialista.
Dueño de una brillante oratoria,
consiguió aunar los postulados socialistas con la promoción de la República y
de la democracia parlamentaria como medio para mejorar la condición obrera. En
este sentido, encauzó al socialismo francés por las vías legales y reformistas,
no violentas. Se opuso al colonialismo y al alargamiento del servicio militar
obligatorio, y propició la separación entre la Iglesia y el Estado.
En las vísperas de la Primera
Guerra Mundial, Jaurès
militó enérgicamente por la paz y criticó la ola chauvinista que crecía en
Francia. Era partidario de recurrir a la negociación para superar las
hostilidades entre su país y Alemania. En un histórico discurso pronunciado en
Lyon el 23 de julio de 1914, culpó de la situación prebélica a Francia, Rusia y
Austria e instó a los obreros de los distintos países a unirse para evitar la
guerra.
Su prédica pacifista le generó
numerosos enemigos entre los nacionalistas franceses, lo cual determinó que un
joven y exaltado fanático llamado Raoul Villain lo asesinara en París, en el
Café du Croissant, el 31 de julio de 1914, una semana después de su discurso y
tres días después del inicio de la contienda. Contaba con apenas 55 años.
El político francés visitó nuestro
país en 1911, donde brindó cinco conferencias en el Teatro Odeón, a sala llena,
deslumbrando con su idealismo y su vehemencia.
León Trotsky, seguidor de Jaurès, lo definió con justeza:
“Para
él, el socialismo no era la expresión teórica de la lucha de clases del
proletariado. Por el contrario, en su opinión el proletariado era una fuerza
histórica al servicio del derecho, de la libertad y de la humanidad. Por encima
del proletariado le reservaba un lugar prominente a la idea de la ‘humanidad’
en sí”.
A cien años de su cruel asesinato,
el pensamiento de Jaurès
está más vigente que nunca. Una frase que le dirigió a los jóvenes resume su
espíritu: “El coraje consiste en buscar la verdad y decirla”. Ni más ni
menos.
Laura Brosio
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