viernes, 30 de junio de 2017

LA MASACRE INDÍGENA DE NAPALPÍ

19 de julio de 1924
La masacre indígena de Napalpí en el Chaco argentino



“Otra herida abierta”

Aquella trágica madrugada del sábado 19 de julio de 1924, unos 130 hombres armados de policía y gendarmería, atacaron “El Aguará”, Colonia Aborigen Napalpí (Chaco), sin encontrar resistencia –según atestiguaron diputados socialistas en la Cámara de Diputados de la Nación y reflejaron los diarios de la época– y sólo cesaron de disparar cuando “advirtieron que en los toldos no quedaba un indio que no estuviera muerto o herido”.
Los heridos fueron degollados, los esfínteres de algunos de ellos fueron colgados en palos. Entre hombres, mujeres y niños se calculan 200 muertos aborígenes y algunos campesinos blancos; de un total de 700 que habitaban la zona donde se practicaba una resistencia pasiva y pacífica por la explotación a la que eran sometidos. Un crimen aún impune.


LA HISTORIA REPETIDA

Aquella masacre indígena de Napalpí, otra masacre más de la larga historiografía tradicional que los dueños del poder han ignorado, y que se inserta en la dramática vida de los pueblos originarios que sufrieron infinitas formas opresivas y discriminatorias, hasta su eliminación física masiva, casi total, como fuera la mal llamada “Campaña del desierto”, que no era un desierto, sino la gran pampa poblada por pueblos originarios.
Antes y después de aquel genocidio de Julio Argentino Roca, los pueblos originarios fueron la moneda de cambio de la llamada “conquista” o “civilización”, primero por las invasiones españolas, luego por la mal llamada conquista de las castas poderosas argentinas.

LOS PUEBLOS NATIVOS DE NAPALPÍ

Según los registros existentes se conoce que dos grandes grupos o familias con características comunes, entre ellas lingüísticas, habitaron aquella zona: los Guaicurú –donde se englobaban las tribus pámpidos, como mocovíes, qom, pilagáes o abipones–, y los Mataco-Mataguayo –pertenecientes a los pueblos Wichís o Mataco, con más influencias amazónicas y andinas–.
La Reducción Aborigen de Napalpí (a 120 kilómetros de Resistencia) era un espacio de sometimiento donde los indígenas eran obligados a trabajar en condiciones de semi esclavitud. Los maltratos eran frecuentes y no tenían los mismos derechos que el resto de la población.
En 1895, la superficie sembrada de algodón en el Chaco era de sólo 100 hectáreas, pero el precio internacional ascendía y los campos del norte comenzaron a inundarse de capullos blancos donde trabajaban jornadas eternas miles de hombres de piel oscura. En 1923, los sembradíos chaqueños de algodón ya alcanzaban las 50.000 hectáreas. Pero también debían multiplicarse los brazos para recoger el "oro blanco", y esos brazos eran los brazos negros de los qom y los mocoví. 
En julio de 1924 los indígenas se declararon en huelga. Denunciaban los maltratos y la explotación de los terratenientes, planeaban marchar a los ingenios azucareros de Salta y Jujuy, pero el gobernador Fernando Centeno les prohibió abandonar Chaco y, ante la persistencia indígena, ordenó la represión. El argumento oficial fue una supuesta “sublevación” indígena.

SOLO DESOLACIÓN Y MUERTE



LOS HECHOS

 En la mañana del 19 de julio de 1924, 130 policías y un grupo de civiles partieron desde Quitilipi hasta Napalpí, a 120 kilómetros de Resistencia, Chaco. El historiador Favio Echarri reseñó que el entonces gobernador del territorio chaqueño, Fernando Centeno, había ordenado: "Procedan con rigor para con los sublevados". Según datos de la Red de Comunicación Indígena, durante 45 minutos la policía descargó más de 5 mil balas de fusil sobre la reducción de Napalpí, palabra toba que paradójicamente significa "lugar de los muertos".
También fue utilizada una avioneta de reconocimiento, con la que se trató de amedrentar a los rebeldes indefensos y evitar cualquier resistencia. La brigada policial contó con un avión que también ametrallaba a los sitiados desde la altura.
Pedro Solans y Carlos Díaz indican que el total de víctimas fue de 423, aunque otras fuentes lo elevan a 700 entre indígenas y cosecheros de Corrientes, Santiago del Estero y Formosa. El 90% de los fusilados y empalados eran tobas y mocovíes. Algunos muertos fueron enterrados en fosas comunes, otros sólo quemados.
Se estima que lograron escapar 38 niños. La mitad fueron entregados como sirvientes en Quitilipi y Machagai, mientras el resto murió en el camino. También se salvaron 15 adultos, entre ellos Melitona, una de las pocas mujeres que tuvo la fortuna de no ser violada, aunque guardó silencio por temor durante muchos años.
El relato de los historiadores es desgarrador. En el libro "Memorias del Gran Chaco", Mercedes Silva señala que el mocoví Pedro Maidana fue muerto de forma salvaje: "Le extirparon los testículos y una oreja para exhibirlos como trofeo de batalla". Maidana había sido uno de los líderes de la huelga que derivó en la matanza. 
Los aborígenes y criollos reclamaban una justa retribución por la cosecha de algodón o bien poder salir de la provincia para trabajar en otros ingenios de Salta y Jujuy que ofrecían mejor paga. Sin embargo para la versión oficial se trató de una "sublevación indígena".

MELITONA UNA DE LAS POCAS SOBREVIVIENTES

 
PEDRO VANQUINTA OTRO SOBREVIVIENTE

EL SILENCIO, LOS INVESTIGADORES Y EL OLVIDO

Existen dos versiones que difieren radicalmente en la interpretación de los hechos. Una, correspondiente a descendientes indígenas, en la que se mantiene inalterable el relato que fueron reconstruyendo historiadores, antropólogos e investigadores, sobre el martirio de esos hombres, mujeres, niños y ancianos inmolados por el odio y el miedo de quienes los atacaron brutalmente. 
En cambio, la visión oficial, repite el relato colonizado en el que los aborígenes debieron ser reprimidos porque estaban “levantados” o pensaban atacar a los centros poblados, cosa que nunca existió ya que se habían internado en las entrañas de El Aguará rodeados de su mística político-religiosa y, conviene recalcar, se trató de una resistencia pacífica, no violenta, y ese carácter adquiere verosimilitud si se tiene en cuenta que durante los hechos sangrientos no cayó ningún blanco de los que formaban parte del grupo agresor, y tampoco hay registros de ataques indígenas a zonas pobladas, urbanas o urbanizadas en la época. 


MELITONA ENRIQUE, SOBREVIVIENTE

 Melitona Enrique murió en el año 2008, a los 107 años, después de haber escuchado la tardía disculpa de las autoridades. Cuando tenía 23, sobrevivió a la masacre oculta de la trastienda de la historia argentina.
Según relata Pedro Jorge Solans: Melitona también apeló al silencio para salvarse. Tuvo su prueba de fuego cuando la arrastraron hacia el corazón del monte bajo la balacera policial. Tenía que aguantar el dolor. Las espinas, los arbustos y no sé cuántas cosas más, marcaron su cuerpo como en una yerra. Nada podía ser más fuerte que su vida. Sólo gestos. Nada de gritos. Nada de llantos. Su tío le dijo que el silencio era tan importante como esconderse. Si era necesario había que olvidar. 
Ella, una hermosa joven toba de 23 años, no sabía cómo borrar lo sucedido esa mañana. 
Esa mañana de sábado, 19 de julio de 1924, cuando esos hombres blancos mataban y mataban desde un aparato que volaba. Aquellos labios de aquellas bocas con aquellas dentaduras. Aquellos hombres blancos, hombres blancos con gafas negras, que miraban y se reían desde arriba.
¡Cómo olvidarlo!
Se reían como diablos y gritaban como lobos. Abrían la boca. Abrían la boca. Se reían y festejaban cuando caían los niños, las mujeres, los ancianos…
¡Cómo olvidarlo! ¡Cómo olvidarlo! 
Y después los policías a caballo que disparaban y los de a pie que degollaban con tanta furia que los uniformes reventaban. No parecían seres humanos. ¿O sí? 
¡Cómo olvidarlo! ¡Cómo olvidarlo! ¡Cómo olvidarlo!.
Hoy, a 93 años de la masacre, el lugar de los hechos está sólo habitado por una familia que dice escuchar los lamentos de las víctimas cuando cambia el viento, tal vez un símbolo, tal vez el eco, tal vez el reclamo del cacique Alfredo José, que busca una reparación histórica. Su antecesor, Ángel Nicola, recordó con amargura las promesas incumplidas de autoridades y legisladores. Reclaman que se coloque en el lugar un cartel que indique que allí, en Napalpí, ocurrió la matanza. José impulsó una ceremonia en la escuela de Colonia Aborigen, pero no prosperó porque el tema no figura en los programas de estudios de los descendientes de los masacrados. Una frustración más: los carteles oficiales de la Ruta Nacional 16 ubican a Napalpí en otra parte, como otra muestra del olvido y ocultamiento.

GRUPO DE ORIGINARIOS DE LA ZONA

 Un informe de la Asociación Amigos del Aborigen Chaqueño, diagnosticó en los años 1970 que la población total de la hoy Colonia Aborigen Chaco, era de unas 2.900 personas, conformadas en un 80% por pueblos originarios. El 70% de ellos eran colonos que no tenían propiedad sobre la tierra y carecían de recursos suficientes para el cultivo; la población restante trabajaba en tierras vecinas. Los edificios públicos eran precarios tanto en salud (atendido por un solo enfermero) como en educación; sólo un 36% de los niños en edad escolar asistían al nivel primario, y el analfabetismo llegaba al 60% de la población adulta. Las viviendas casi en su totalidad eran ranchos, sin la higiene necesaria, aumentando el riesgo de enfermedades y epidemias.
Napalpí continúa siendo hoy otra de las tantas heridas abiertas de la historia.

Miguel Eugenio Germino


Fuentes:
-http://www.taringa.net/posts/apuntes-y-monografias/3010297/Chaco-La-masacre-indigena-de-Napalpi.html
-https://sobrehistoria.com/la-masacre-de-napalp/
-http://www.elfederal.com.ar/conoce-la-historia-de-melitona-la-sobreviviente-de-napalpi/
-http://www.elortiba.org/napalpi.html
-https://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-251066-2014-07-19.html











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