miércoles, 22 de septiembre de 2010

LA ESCLAVITUD EN EL SIGLO XXI


Esclavitud parece un término que remite a otros siglos, y a novelas del tipo La Cabaña del Tío Tom y otras historias. Pero pese a la buena voluntad de muchos, el sojuzgamiento de un grupo de seres humanos por otros sigue siendo una realidad cercana, por más que los medios de información se empeñen en ocultarlo, borrándolo de la lista de temas acuciantes que deben ser difundidos.

Ni las grandes democracias del mundo, ni el avance formidable de las ciencias, han logrado poner límites a una práctica que está en plena vigencia y que es funcional a muchos sectores de la economía capitalista. Tal vez desde ahí se pueda entender por qué algo que las leyes prohíben tan taxativamente, no ha sido suprimido.

Los datos de las Naciones Unidas hablan de un total de 27 millones de personas que son esclavas en todo el mundo, ya sea obligadas por deudas, por la esclavitud doméstica, o por la trata de personas y prostitución forzada.

En Argentina, el secuestro de mujeres menores para ser utilizadas en el mercado de prostitución es frecuente. También se traen mujeres de otros países de América engañadas con promesas de trabajo.

Otra forma de sometimiento se utiliza, por ejemplo, en las empresas textiles, que utilizan el trabajo esclavo para proveer prendas fabricadas a bajo costo para las grandes marcas, que después las venden en los shoppings a precios varias veces multiplicados.

Pero el trabajo forzado no es patrimonio de un continente, en todo el planeta se repiten las condiciones que permiten la existencia de la esclavitud. Pese a no tener título de propiedad alguno, como se estilaba en las sociedades esclavistas del siglo XIX, los mal llamados ¨propietarios¨ disponen de la vida de las personas y deciden no solamente sobre las condiciones de trabajo sino también sobre sus condiciones de vida y su libertad de movimiento.

Las ventajas que este sistema reporta a ciertos enclaves capitalistas, neutraliza su condena por parte de los organismos internacionales, que si bien reconocen el problema, no se esfuerzan seriamente por erradicarlo. Las autoridades políticas de cada país hacen la vista gorda y prefieren embolsar las coimas que pagan los esclavistas, antes que intervenir en defensa de los esclavos.

El último país en suprimir la esclavitud fue Mauritania, nación situada en el norte de África y que prohibió por ley estas prácticas en 1980. Sin embargo, los secuestros de menores allí para ser explotados en regiones alejadas de los centros urbanos se siguen sucediendo sin pausa. Además, muchos esclavos no se enteraron de que fueron liberados y se estima que alrededor de 300 mil personas nunca gozaron de la libertad. A eso debemos sumar el problema de que la economía del país no podría absorber la liberación de semejante cantidad de mano de obra emancipada.

Para demostrar que ningún punto del planeta está libre de esta práctica, en la frontera de la mayor potencia mundial, vemos como los tratantes de personas estafan a miles de mexicanos que quieren trabajar en Estados Unidos. Para lograr salvarse de la miseria aceptan las condiciones que les imponen los ¨coyotes¨, aunque en muchos casos esto les cueste la vida. La justicia norteamericana comprobó que los traficantes muchas veces retienen a los inmigrantes en campos de detención para luego venderlos.

Según la ONU, la trata de personas va camino a convertirse en el mayor negocio ilegal del mundo y se cree que, de seguir incrementándose, su volumen pronto sobrepasará al tráfico de drogas. Encontrar la forma de combatir este flagelo es un nuevo desafío que debe comenzar por dejar de hacer invisibles a estos temas, para que puedan ser conocidos y pensados por toda la sociedad mundial.

Pablo Salcito.