miércoles, 22 de septiembre de 2010

LUIS SANDRINI


"Los duendes guardan silencio"

(a 30 años de la muerte de Sandrini)

Ya en los momentos finales de la filmación de la que sería su última película, La familia está de fiesta ―título que finalmente se modificara por ¡Qué linda es mi familia!, Sandrini había comen­tado sus temores: "Ruego a Dios poder terminar a tiempo la película. Estoy jugado. Sólo deseo morir en un escenario o en un set de filma­ción." Parecía que Dios lo hubiera escuchado: la filmación estaba llegando a su fin. La última o una de las últimas escenas que se filmó debe haber sido aquella en la que el personaje que protagoniza­ba Sandrini como padre adoptivo de "Palito”, reconvenía duramente al padre verdadero (que era el papel que yo hacía). Resultaba difícil inferir en ese momento hasta qué punto el fantasma de la muerte acuciaba íntimamente a Don Luis. Solamente un actor de raza como él era capaz de erguirse sobre su propio dolor con majestuoso gesto, casi invencible: su tono admonitorio inicial (de acuerdo a lo que indicaba el libreto) fue in crescendo hasta alcanzar el clímax final... Palito en su condición de director, con esa intuición propia de los triunfadores, resolvió, como una manera de neutralizar sus urgencias, dividir la escena en tres tomas al sólo efecto de atenuar el desborde emocional de Don Luis que parecía multiplicarse desde lo incognoscible.

Recuerdo el día que fui a ver la película (nunca fue de mi agrado ir a los estrenos). Cuando terminó de proyectarse dicha escena, el público prorrumpió en un cerrado aplauso, tal cual ocurre en el teatro a "telón abierto". Esto me hizo venir a la memoria cuando, integrando también el elenco teatral del mismo Sandrini, representá­bamos la obra Cuando los duendes cazan perdices, en el Teatro Astral. Muchos recordarán aquella escena de Don Luis con su madre (inolvida­ble "viejita" que interpretaba la dulce María E. Buschiazo) en la que ella, después de la operación a la que había sido sometida, recuperaba la visión. Al descubrir que su madre veía, sólo atinaba a saltar y a correr como un chico de una ventana a la otra, como queriendo compartir su emoción con los vecinos, el barrio o el mundo... Un solo grito, sin matices, se le quebraba en la garganta entre risas y lágrimas: “¡Mi vieja ve... mi vieja ve...!”. Y ya sin aliento, mientras tomaba con las manos la cabecita blanca de su madre, seguía repitiendo, casi inaudible... “¡Mi vieja ve...!”.

Cuesta pensar que Don Luis haya muerto... si es así, seguramente aquellos duendes fabulosos que lo acompañaron a lo largo de su vida se habrán ido con él... aunque lo más probable es que sólo se trate de una jugarre­ta del destino y haya partido "en gira", esta vez, directamente al cielo, y sean los propios dioses los que lo sigan aplaudiendo.

Héctor Armendáriz