miércoles, 22 de septiembre de 2010

MASACRE DE RINCÓN BOMBA



LA MASACRE DE RINCÓN BOMBA

OCTUBRE DE 1947

Es imposible denunciar y documentar este caso sin aludir a un apellido nefasto de nuestra historia ―otro de los tantos―, Patrón Costas.

Robustiano Patrón Costas era el dueño y señor de la provincia de Salta, “la linda” por fuera pero la triste e injusta por dentro.

Gobernador, tres veces senador nacional y propietario del Ingenio San Martín del Tabacal, además de apropiador de tierras fiscales, entre otras tropelías. A este “ilustre personaje” no le temblará la mano para ordenar la “masacre de Rincón Bomba” en octubre de 1947. Había pretendido explotar a los originarios lugareños, los pilagá (descendientes de los guaycurúes), a quienes se les prometió una paga de 6 pesos diarios pero cuando fueron a cobrar se les dio tan sólo 2 pesos y medio.

Al verse estafados, regresaron caminando a Rincón Bomba, Las Lomitas, adonde llegaron agotados, hambrientos y enfermos.

Cuando el presidente Juan Domingo Perón se enteró de lo sucedido envió tres vagones ferroviarios llenos de alimentos, ropas y medicinas. El cargamento fue interceptado en la ciudad de Formosa y se le quitó parte de las mercaderías. Recién después de muchas semanas llegó a Las Lomitas con los alimentos ya alterados, que igualmente fueron distribuidos entre los pilagá.

Como consecuencia de intoxicaciones murieron unos cincuenta indígenas. Más tarde, la Gendarmería reprimió salvajemente la marcha de repudio de los originarios, lo que provocó una nueva matanza.

LA HISTORIA

Desde la época de la conquista hasta hoy, muchas fueron las masacres consumadas en nuestra turbulenta historia. Comenzaron con los 80 millones de víctimas de los pueblos originarios, durante las invasiones españolas que pisotearon estas tierras, que creyeron “descubiertas”, pensando además que eran “las Indias Orientales”.

Siguieron muchas otras, como la Guerra del Paraguay; la mal llamada “Conquista del Desierto”; la Masacre de Napalpí, en el Chaco el 19 de julio de 1924 cuando tropas de la Gendarmería y de la Policía atacaron el campamento de El Aguará. Allí casi un millar de tobas, mocovíes y campesinos blancos correntinos resistían el acoso de los terratenientes locales.

También constituyó una masacre el brutal bombardeo sobre Plaza de Mayo el 16 de junio de 1955, entre tantas más.

El hecho aberrante de Rincón Bomba es poco conocido y fue ocultado intencionalmente tras las brumas del tiempo. No mereció casi el tratamiento de los historiadores ni de la prensa de la época: se trataba “simplemente” de muertes de habitantes de segunda clase; así considerados por muchos años los nativos originarios. Además había ocurrido en una ignota localidad llamada Rincón Bomba, perdida en el mapa en un paraje de Las Lomitas, en el departamento de Patiño, en la provincia de Formosa.

El genocidio ocurrió en octubre de 1947. Cientos de indígenas pilagá fueron atacados con ametralladoras por la Gendarmería Nacional Argentina, que respondía en realidad a las órdenes de Robustiano Patrón Costas.

La matanza ocurrió cuando miles de pilagás marcharon desde Las Lomitas hacia un ingenio azucarero en El Tabacal, en la provincia de Salta, propiedad de Robustiano Patrón Costas, en donde habían trabajado como braceros con una promesa de pago de 6 pesos diarios que no se cumplió. Al verse estafados, decidieron regresar caminando a Las Lomitas, a donde llegaron agotados, hambrientos y enfermos.

Fue uno de los crímenes más tapados de nuestra historia. Recién comenzó a investigarse en el año 2005, cuando los abogados Julio César García y Carlos Alberto Díaz, a instancias de las comunidades pilagás, presentaron una demanda contra el Estado Nacional en el Juzgado Federal de Formosa, el 1º de abril de ese año. Jorge Pedrozo y Fredy Trinidad, secretario y subsecretario respectivamente de la Asociación Judicial de Formosa (filial de la FJA), confirmaron la existencia de la causa y sostuvieron que la masacre contra el pueblo pilagá, que involucra además a los wichís, tobas y mocovíes, fue uno más de la serie de crímenes cometidos contra los pueblos originarios, pero quizás haya sido el que arrojó mayor cantidad de muertes. Hoy el pueblo de Formosa exige que se haga justicia de una vez por todas.

Por orden judicial, antropólogos forenses comenzaron a realizar exhumaciones en Rincón Bomba, cerca de Las Lomitas, hoy tierras de la Gendarmería. Allí habrían sido sepultados centenares de cuerpos. De todos modos, los presupuestos destinados a las tareas de excavación resultaron escasos, y esto ha hecho que se retrase el esclarecimiento de la masacre, y que continúe enterrada, como aquellos cuerpos en Rincón Bomba.

Los hechos

En marzo de 1947 miles de hombres, mujeres y niños comenzaron la marcha desde Las Lomitas, en Formosa, hasta Tartagal, en Salta. Eran braceros pilagás, tobas, mocovíes y wichís con sus familias.

En abril llegaron a El Tabacal, se instalaron en las inmediaciones y empezaron a trabajar en la caña de azúcar. Todos, mujeres y chicos también. Pero cuando fueron a cobrar vino la estafa: les quisieron pagar sólo 2,50 pesos por día, en lugar de los 6 pesos prometidos. Los caciques protestaron. Pidieron un encuentro con don Robustiano o cualquier otra autoridad del ingenio. Nadie los escuchó. Pocos días después, Patrón Costas dio la orden de echarlos sin ninguna consideración.

Miles de indígenas ―se estima que eran 8.000― con escasísimos alimentos que les proveyeron los pobladores de El Tabacal, emprendieron el regreso a Las Lomitas. De nuevo más de cien kilómetros a pie con niños, ancianos y el hambre agudizada en sus cuerpos huesudos y panzas desnutridas. Se instalaron en un descampado llamado Rincón Bomba, cercano al pueblo. Encontraron allí no sólo un madrejón que les proporcionaba agua, recurso fundamental teniendo en cuenta el lugar hostil y las elevadas temperaturas, sino también compañía, porque ahí se asentaban grupos de su misma etnia.

Estaban agotados y enfermos. Recuerdan algunas pocas crónicas de la época, y lo confirman las presentaciones de los abogados García y Díaz, que las madres indígenas recorrían las calles de Las Lomitas y de los parajes vecinos para pedir un poco de pan. La noticia de la estafa que había protagonizado Patrón Costas contra los braceros se fue corriendo de boca en boca. Por aquel entonces Formosa no era provincia; los gobernadores eran designados por el poder central. Los pilagás decidieron formar una delegación para ir a pedir ayuda. Al frente se pusieron tres caciques, Nola Lagadick, Paulo Navarro (Pablito) y Luciano Córdoba. Hablaron con la Comisión de Fomento y también con el Jefe del Escuadrón 18 de Gendarmería Nacional, comandante Emilio Fernández Castellano. El presidente de la Comisión de Fomento se comunicó con el gobernador de Formosa, Rolando de Hertelendy, y éste con el gobierno nacional. Al enterarse, el presidente Juan Domingo Perón mandó inmediatamente tres vagones con alimentos, ropas y medicinas.

Los tres vagones arribaron a la ciudad de Formosa a mediados de septiembre. Pero el delegado de la Dirección Nacional del Aborigen, Miguel Ortiz, dejó los vagones demorados en la estación tras ser despojados de más de la mitad de su carga. Salieron diez días después rumbo a Las Lomitas, adonde llegaron a principios de octubre.

Los alimentos estaban en estado de putrefacción, pero aun así los repartieron en el campamento indígena. Las consecuencias fueron de espanto: al día siguiente amanecieron con fuertes dolores intestinales, vómitos, diarreas, desmayos, temblores. Por lo menos cincuenta indígenas murieron, en su mayoría niños y ancianos. Al principio se los enterró en el cementerio de Las Lomitas, luego les cerraron las puertas y los cadáveres tuvieron que ser llevados al monte. Cuentan que noche tras noche retumbaban los instrumentos en las ceremonias mortuorias. Las crónicas locales propalaron la versión de que el dolor y la indignación de los indígenas se convertiría en estallido contra los habitantes. Eso infundió mucho temor.

Los originarios denunciaron que habían sido envenenados. El presidente de la Comisión de Fomento de Las Lomitas fue a hablar reiteradas veces con el comandante de Gendarmería, alegando que el pueblo tenía miedo de que los “hambrientos” los atacaran... Después de las noticias de tantas muertes por alimentación podrida este rumor creció. La Gendarmería rodeó el campamento indígena con 100 hombres armados y prohibió a los pilagás entrar al pueblo.

Frente a tanta agresión y desprecio, el cacique Paulo Navarro (Pablito) pidió hablar con el comandante. Éste aceptó entrevistarlo en el atardecer, pero a campo abierto. Allí estuvieron, era el 10 de octubre. El cacique avanzó seguido por más de mil mujeres, niños, hombres y ancianos pilagás con retratos de Perón y Evita. Enfrente, desde el monte vecino, 100 gendarmes los apuntaban con sus armas. Los indios habían caído en la trampa. El Segundo Comandante del Escuadrón, Aliaga Pueyrredón, dio la orden, y las ametralladoras hicieron lo suyo. Cientos de pilagás cayeron bajo las ráfagas. Otros lograron escapar por los yuyales, pero la Gendarmería se lanzó a perseguirlos: “Que no queden testigos”, era la consigna de los matadores.

La persecución duró días. Finalmente fueron rodeados y fusilados en Campo del Cielo, en Pozo del Tigre y en otros sitios. Luego, señala la demanda de los abogados, los gendarmes apilaron y quemaron los cadáveres. Según la presentación ante la Justicia fueron asesinados de 400 a 500 pilagás. A esto hay que sumarle los heridos, los más de 200 desaparecidos, los niños no encontrados y los intoxicados por aquellos alimentos en mal estado. Se calcula que en total murieron más de 750 pilagás, wichís, tobas y mocovíes.

Los diarios de entonces dieron informaciones muy confusas, y ninguno señaló al gran responsable, al hombre fuerte de la oligarquía, al dueño del ingenio San Martín, don Robustiano Patrón Costas. Es más, algunos periódicos informaban de una sublevación.

El diario Norte del 11 de octubre habló de enfrentamientos armados (una rutina siempre presente para justificar actos genocidas): “Extraoficialmente informamos a nuestros lectores que en la zona de Las Lomitas se habría producido un levantamiento de indios. Los indios revoltosos pertenecen a los llamados pilagás quienes, según las confusas noticias que tenemos, vienen bien provistos de armas (...) Ya se habrían producido algunos encuentros, no se sabe si con los pobladores de la zona o con tropas de la Gendarmería Nacional”.

A nivel del gobierno se intentó ocultar todo. Hoy todavía quedan pilagás que vivieron la masacre de Rincón Bomba y están dispuestos a dar su testimonio. Uno de ellos es el actual cacique Alberto Navarrete, un anciano que habla un castellano articulado como si fuera el idioma pilagá, y que le dijo a la enviada de la revista Momarandu recordar de cuando era pequeño, de cuando ocurrieron los hechos. Él era uno más de los que regresaban de Salta, despedidos del Ingenio San Martín.

Yo me estoy acordando del 47. Gente amontonada en madrejón. Gendarmería disparó. Nosotros pudimos correr al monte. Yo visto eso. Yo declaré eso. Era 6 de la tarde. No teníamos armas nosotros. Correr nomás. Ellos tenían ametralladoras... No sabemos que pasó con todos, con las tolderías. Antes ya habían muerto envenenados. Yo visto eso. Muchos visto tirados, no sé si los enterraron. Nosotros queremos saber”, manifestó Navarrete.

Las excavaciones fueron autorizadas en diciembre de 2005 por el juez federal formoseño Marcos Bruno Quinteros. Fue otro sobreviviente de la masacre el que colaboró con la identificación de la zona, ahora convertida en un bosquecito. Las exhumaciones debieron suspenderse el 30 de ese mismo mes, a pocos días de iniciarse, por la feria judicial. Los patrocinadores de la causa resolvieron pedir ayuda económica al gobierno nacional, porque consideran que están ante una tarea de investigación que demandará meses de trabajo.

Estamos a sesenta años de la masacre; no vaya a ser que con la excusa de la falta de presupuesto en el Poder Judicial todo siga tapado.

La Pastoral Social denunció la situación que padecen hoy los pueblos originarios: “Sus territorios han sido invadidos y cercados impidiendo el paso de los indígenas para cazar, pescar, recoger miel, plantas alimenticias y medicinales. Los montes han sido arrasados con topadoras y los árboles derribados han sido quemados, exterminando de esta manera la muy importante fuente de proteínas que brindaban los animales silvestres… Las tierras fiscales (donde comúnmente vivían los indígenas) han sido saqueadas y rematadas por monedas a los amigos del gobierno de turno. La gente debe refugiarse en las banquinas de las rutas, a lo largo de las vías muertas del ferrocarril o en la periferia de las ciudades sin encontrar allí trabajo, una vivienda digna, acceso al agua potable y a sistemas mínimos de eliminación de basura y excretas”.


El pueblo pilagá

Los pilagás son un pueblo de la familia guaycurú que habita en el centro de la provincia de Formosa y en Chaco. Junto a los abipones, mocovíes y tobas, recibieron de los españoles el apelativo de frentones, y guaycurúes de los guaraníes, por su costumbre de raparse la parte delantera de la cabeza. Hablan su propio idioma, aunque también utilizan el castellano. Hoy viven unos 10.000 pilagás repartidos en 19 comunidades del centro de Formosa. Antiguamente vivían de la caza y de la recolección de frutos, entre otros del algarrobo, chañar, mistol, tuna y molle.

Miguel Eugenio Germino

FUENTES

-http://www.wikipedia.org/wiki/Masacre_de_Rincón_Bomba

-http://www.argenpress.info/2010/07/argentina-formosa-la-masacre-de-rincon.html

-primerapagina93.blogspot.com/.../ingenio-san-martin-del-tabacal.html

-www.cpdhcorrientes.com.ar/pilaga2.htm

-www.elortiba.org/bomba.html

-www.indigenas.bioetica.org/nota22.htm