viernes, 29 de noviembre de 2019

LA LEYENDA DEL PALACIO DE LAS AGUAS


LEYENDAS DEL PALACIO DE LAS AGUAS

Un palacio lleno de mitos y leyendas 


Pensaban que era la futura sede de la casa de Gobierno. Decían que en los tanques se había suicidado una pareja de enamorados porque los padres no los habían dejado casarse, señaló el director del Museo del Agua, arquitecto Jorge Tartarini, sobre algunas de las historias que rodearon al Palacio desde que comenzó su construcción y hasta la actualidad.
Tomás Eloy Martínez relató en su libro “Santa Evita” que el cadáver de Eva Perón estuvo escondido un tiempo en este edificio.
Así lo describía en el texto de 1995: “El guardián les entregó la soga para que bajaran el ataúd y se alejó por la avenida de pinos, maldiciendo a la noche.
El Coronel imaginaba su misión como una línea recta. Salía de la CGT. Avanzaba dos kilómetros por la avenida Córdoba. Entraba al palacio de Obras Sanitarias por una de las puertas laterales. Ordenaba que descargaran el ataúd. Arrastraba el cuerpo hacia su destino. ‘Dos cuartos vacíos y sellados’, había dicho Cifuentes, ‘en la esquina sudoeste de Obras Sanitarias’.
Lo difícil era conseguir que los soldados transportaran el ataúd, sano y salvo, por la escalera de caracol que desembocaba en el segundo piso. Sano y salvo eran adjetivos que jamás había usado en relación a la muerte. Todas las palabras le parecían ahora desconocidas.
Sobre la marcha, el Coronel dibujó sus planes por segunda vez. En la trama había una figura nueva: el sargento ayudante Livio Gandini. A última hora había decidido quitárselo al clarinetista Galarza. Aunque ninguno de los otros lo sabía, era él, MooriKoenig, quien iba a llevar el cuerpo verdadero. Necesitaba más refuerzos, más certezas. Ahora, los hechos iban a ser así:
Los soldados dejarían el ataúd en el segundo piso de Obras Sanitarias. Regresarían al camión, vigilados por Gandini. Él, MooriKoenig, encendería una lámpara sol de noche. Arrastraría a la difunta hacia los cuartos de la esquina sudoeste. Cubriría el ataúd con lonas. Clausuraría la puerta con candado. Et finiscoronat opus, como hubiera dicho el embalsamador.”

En otra de sus obras, que se llama El cantor de tango, habla de un asesinato que tuvo lugar en el edificio. El de Felicitas Alcántara, que desapareció a fines del siglo XIX cuando paseaba con sus hermanas y dos institutrices. Dos años después, cuando aquí se hizo una oficina, se tuvo que tirar abajo una pared y detrás se encontró el cuerpo de la muchacha atado a una silla, con la misma ropa que tenía cuando fue raptada.
Poco después del hallazgo del cuerpo de Felicitas, los Alcántara vendieron sus posesiones y se expatriaron a Francia. Los vigilantes del Palacio de Aguas se negaron a ocupar la vivienda del rectángulo suroeste y prefirieron la casa de chapas que el gobierno les ofreció a orillas del Riachuelo, en uno de los rincones más insalubres de la ciudad. A fines de 1915, el presidente de la República en persona ordenó que las habitaciones malditas fueran clausuradas, lacradas y borradas de los inventarios municipales, por lo que en todos los planos del palacio posteriores a esa fecha aparece un vacío desparejo, que sigue atribuyéndose a un defecto de construcción, dice un fragmento del texto publicado en 2004.

Por: José María Costa




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