miércoles, 1 de agosto de 2018

Gustavo Westerkamp


 el rebelde empedernido que resiste desde la trinchera de su lavadero


GUSTAVO EN SU LAVADERO

Gustavo no es un vecino más de Almagro sino un personaje destacado. Es el propietario del lavadero que se erige inamovible desde hace 33 años en la esquina de Mario Bravo y Sarmiento, y que ya se convirtió en parte del paisaje del barrio. Gustavo abrió el negocio gracias a una donación de su padre en 1985, poco después del nacimiento de su hijo Matías. Este hombre, que creció rodeado de libros y ama desarmar y armar las máquinas de su local, es poseedor de una historia singular, no exenta de duras adversidades. Ferviente defensor de la causa popular, entregó su vida a la militancia desde la adolescencia y pagó un alto costo por este “atrevimiento”.
Nació en Juncal y Junín, en pleno Barrio Norte, en 1952. En 1959 se trasladó con su familia a Estados Unidos, ya que sus padres, dos eminentes científicos, fueron a trabajar a la Universidad de Columbia. Permanecieron un año en dicho país. “En un mes estaba hablando inglés gracias a mis amigos, los portorriqueños. Me pasaba el día jugando con ellos. Está bueno conocer otras culturas y otras formas de ser porque te abre la cabeza”, señala.
Al retornar a Argentina, se mudó a Palermo, a una cuadra de la ex Penitenciaría de Las Heras. Fue a una escuela pública donde tuvo el primer contacto con los sectores populares y con el peronismo porque sus amigos pertenecían a las familias menos adineradas que vivían en los conventillos de la zona. “Mis padres eran gorilas, el peronismo era mala palabra en mi casa. Mis amigos de la infancia, con los cuales jugaba a la pelota casi todo el día, eran de ese bando. Eran el hijo del hielero, del colectivero, del huevero. En el predio de la cárcel derruida, hacíamos la guerra de guerrillas. Eso es haber crecido más allá de lo que los padres querían, mezclado con los hijos de los trabajadores”, comenta. Su mejor amigo era Juan, el hijo del policía de la Montada. Gustavo aprendió lo que era la persecución del peronismo y hasta dónde había calado esta ideología cuando vio las fotos de Perón y Evita escondidas dentro del ropero de la casa de su querido compinche. Poco tiempo después se cambió a una escuela privada bilingüe en Belgrano R, donde terminó la primaria. Allí se topó con la otra cara social, la de la clase media alta. Así, su infancia estuvo marcada por los dos barrios y los dos grupos de amigos.
Durante el secundario no era un buen estudiante pero sí un buen compañero, solidario y fraternal. Pasó por varios colegios y hacía todas las diabluras que se podían, como aquella vez que fue con su curso a ver una obra al Teatro San Martín y con algunos compañeros les tiraron grapas a los actores. Eran los convulsionados años 60 y Gustavo vivía de fiesta en fiesta. Llegó a irse de su casa por un par de días al enfrentarse con su padre, quien pretendía que el adolescente estudiara piano mientras que Gustavo prefería seguir jugando a la pelota. “Al final del secundario fumaba marihuana con mis mejores amigos y andábamos perdidos en el mundo del rock admite. El colegio era un hervidero político, se discutía todo, ya discutíamos el fondo de la ideología dominante, habíamos leído a Marx y Engels”.
Como pensaba que había que hacer la revolución, ingresó a la Facultad de Ciencias Económicas para estudiar mejor el marxismo. Allí tomó contacto con diversos grupos políticos como el PST hasta que se sumó a la lucha armada que en ese momento estaba en su esplendor para pelear contra la dictadura de Onganía, Levingston y Lanusse. “Armamos la tendencia estudiantil antiimperialista con el socialismo. El eje de nuestra vida era la revolución. No nos íbamos a bancar que mataran a los compañeros en una mesa de torturas. La generación del 70 fue heroica porque no se calló frente a la dictadura. Junto a mis compañeros pasamos a integrar, como el Che, la elite de los revolucionarios”, afirma orgulloso.

PAREDES CON MEMORIA

En octubre de 1975 empezó una auténtica pesadilla que duró siete años: fue detenido sin causa cuando se presentó a la revisación médica del servicio militar en el Regimiento Patricios. Fue puesto a disposición del Poder Ejecutivo, no hubo proceso alguno. Al principio, lo torturaron durante dos días en Coordinación Federal. Después lo hicieron peregrinar por las cárceles de Villa Devoto, Sierra Chica, La Plata y Rawson: era una estrategia para quebrarlo. “De acuerdo a lo que veían en las colas de las cárceles, mis padres empezaron a darse cuenta de que existía algo más que la ciencia y que su clase social. Esto provocó algunos cambios en su forma de pensar que los llevó a militar en organismos de derechos humanos como la APDH y a fundar otros como el CELS”, reflexiona.
Gustavo aprendió a resistir en la prisión con todos sus compañeros. Una manera que encontraron para romper el aislamiento y estar comunicados era vaciar los baños de agua. También hacían lo que se llama el “caramelo”: en un papel de cigarrillos escribían con letra chiquitita el informe de lo que había pasado esa semana en la cárcel, lo doblaban en cuadraditos y se lo entregaban a sus familiares.
Cuando recuperó su libertad, comenzó a trabajar vendiendo agujas para máquinas de coser hasta que instaló el lavadero y se hizo del oficio de técnico en la materia. Así transcurren hoy sus días: atendiendo amablemente su negocio y dándoles ánimo a los clientes que ve deprimidos. Dos figuras legendarias cuyas fotos están estampadas en la pared del local presiden sus acciones y le hacen mantener la frente en alto: Evita y el Che Guevara.

                              Laura Brosio







No hay comentarios: